jueves, 3 de abril de 2025

RELACIÓN INGRESOS Y GASTOS EN LAS PARROQUIAS EN EL MES DE MARZO DE 2025

 

PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN
En las cuentas del Carmen, observarán un gasto grande de "compras de material para la venta", que es la compra de objetos que luego se venden. En gastos excepcionales, hay un pago de 483 euros que corresponden a la guagua del 1 de Mayo.  



PARROQUIA DE SAN JOAQUÍN Y SANTA ANA


En las cuentas de San Joaquín y Santa Ana nunca se ingresan las colectas imperadas, que se ingresan en la Concepción. Sólo se ingresan las colectas que son para la parroquia. 

PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA CONCEPCIÓN

Como ingresos excepcionales está la transferencia que le hace el Carmen porque el material que en el Carmen se vende, se pagó por error con la cuenta de la Concepción. Hay un concepto que no entiendo como el programa lo ha creado, que es el de donativos que sale en negativo. Hay un gasto grande "conservación de bienes muebles y enseres" que es el pago de la restauración del bordado del Preso, que es una donación particular, pero el pago se hace desde la cuenta parroquial. 


En este informe sólo quedan recogidas las cuentas principales de cada parroquia, ni salen las cofradías ni hermandades ni las cuentas de las ermitas. 

miércoles, 2 de abril de 2025

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO V DE CUARESMA. CICLO C

                

                                           
            

HOJA PARROQUIAL

Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana











ENLACE DEL DIBUJO DE FANO


“Anda, y no peques más


LECTURAS




Primera lectura del Profeta Isaías 43, 16–21


Esto dice el Señor,
que abrió camino en el mar
y una senda en las aguas impetuosas;
que sacó a batalla carros y caballos,
la tropa y los héroes:
caían para no levantarse,
se apagaron como mecha que se extingue.
«No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo;
mirad que realizo algo nuevo;
ya está brotando, ¿no lo notáis?
Abriré un camino en el desierto,
corrientes en el yermo.

Me glorificarán las bestias salvajes,
chacales y avestruces,
porque pondré agua en el desierto,
corrientes en la estepa,
para dar de beber a mi pueblo elegido,
a este pueblo que me he formado
para que proclame mi alabanza».


Salmo 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 R/. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.


Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sion,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas, 
la lengua de cantares. R/.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.

Recoge, Señor, a nuestros cautivos
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.


Segunda lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 3, 8-14


Hermanos:

Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos.

No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.


Evangelio según San Juan 8, 1-11


En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».

Ella contestó:
«Ninguno, Señor».

Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».




Los textos son cogidos de la página de 







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En esta etapa final de la Cuaresma es muy habitual que en las comunidades parroquiales se organicen celebraciones penitenciales comunitarias con confesión y absolución individuales. Y, salvo excepciones, de año en año se nota la disminución de la participación en estas celebraciones. Y lo mismo ocurre el resto del año: cada vez son menos los fieles que piden confesión. Las causas son muchas: separación entre fe y vida, pérdida del sentido del pecado pero hay una que supone un fuerte obstáculo: ‘Decir los pecados al confesor’. Muchos piensan que por qué deben contarle al cura sus pecados, y por eso prescinden de este Sacramento.  



juzgar


Cuando se dialoga sobre este punto, aparecen múltiples razones: muchos aluden sentimientos de vergüenza, escrúpulos… Otros, lamentablemente, han tenido malas experiencias, al encontrarse con actitudes y palabras muy duras por parte del confesor. Y otras personas, simplemente, no entienden la razón de la presencia del sacerdote y dicen: ‘Yo me confieso directamente con Dios’. 

El Arzobispo de Valencia, en su Carta Pastoral con motivo de Jubileo “Peregrinos de esperanza”, hacía esta referencia a este elemento del Sacramento de la Penitencia: «Soy consciente de que la mediación eclesial en la recepción del perdón es para muchos una dificultad, cuando en realidad debería ser una ayuda para una auténtica reconciliación: la humildad para reconocer y confesar nuestras faltas ante un ministro de la Iglesia nos ayuda a vivir este encuentro con Dios, no con miedo, sino sintiéndonos pobres a causa de nuestras faltas». 

El Evangelio que hemos escuchado nos orienta para recuperar el verdadero sentido de este Sacramento y la necesidad del ministro ordenado en el mismo. Los escribas y los fariseos traen ante Jesús a “una mujer sorprendida en flagrante adulterio”. No hay duda de su pecado y los escribas y fariseos tienen clara la sentencia: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras”. Ellos no son personas ignorantes, tienen su conciencia formada desde el estudio de la Palabra de Dios, y por eso no dudan que ése es el parecer de Dios y que deben aplicarlo. Ese peligro lo corremos nosotros cuando nos creemos ‘formados’, cuando nos creemos que ‘tenemos claro lo que Dios quiere’. 

Pero los escribas y fariseos, aunque con mala intención (para comprometerlo y poder acusarlo), se dejan cuestionar por Jesús: “Tú, ¿qué dices?” Y se encuentran con una respuesta que no va contra lo que ellos creían tener tan claro respecto a Dios, sino que amplía y completa lo que Dios dice sobre el pecado cometido: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Sin la presencia de Jesús, esa mujer hubiera sido condenada y apedreada; pero su presencia es la que despierta de verdad la conciencia de escribas y fariseos, que, “al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos”. 

Y, sobre todo, la presencia de Jesús es la que hace posible el diálogo con la mujer y que ésta se dé cuenta del mal cometido y encuentre el perdón (tampoco yo te condeno) y la posibilidad de reconducir su vida (Anda, y en adelante no peques más). Es en el diálogo con el confesor donde el pecador se encuentra ‘a solas con Jesús’, porque el sacerdote, por voluntad de Cristo y en virtud del Sacramento del Orden, actúa no a título personal sino en representación del mismo Cristo. 

La presencia del sacerdote en el Sacramento de la Penitencia permite el diálogo, que cuestionemos ‘nuestras’ ideas, a menudo preconcebidas, limitadas, erróneas… desde la Palabra de Dios, para conocer realmente Su voluntad. Y, sobre todo, nos permite escuchar, no sólo en nuestra conciencia sino realmente, las palabras del mismo Jesús: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.






actuar




¿Me confieso regularmente o ‘me confieso directamente con Dios’? ¿Me da reparo decir los pecados al confesor? ¿Me abro al diálogo, me dejo cuestionar? ¿Experimento la presencia de Jesús? 

Aunque ‘decir los pecados al confesor’ nos suponga un obstáculo, acojamos la invitación que hoy el Señor nos hace para vivir la experiencia de la mujer adúltera. Como dice el Papa Francisco: «El sacramento de la Penitencia nos asegura que Dios quita nuestros pecados. La Reconciliación sacramental no es sólo una hermosa oportunidad espiritual, sino que representa un paso decisivo, esencial e irrenunciable para el camino de fe de cada uno. En ella permitimos que Señor destruya nuestros pecados, que sane nuestros corazones, que nos levante y nos abrace, que nos muestre su rostro tierno y compasivo. No hay mejor manera de conocer a Dios que dejándonos reconciliar con Él, experimentando su perdón. Por eso, no renunciemos a la Confesión, sino redescubramos la belleza del sacramento de la sanación y la alegría, la belleza del perdón de los pecados». (Bula de convocatoria del Jubileo 2025)









DOCUMENTO FINAL

POR UNA IGLESIA SINODAL:

COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN


14. La Iglesia existe para testimoniar al mundo el acontecimiento decisivo de la historia: la resurrección de Jesús. El Resucitado trae la paz al mundo y nos da el don de su Espíritu. Cristo vivo es la fuente de la verdadera libertad, el fundamento de la esperanza que no defrauda, la revelación del verdadero rostro de Dios y del destino último del hombre. Los Evangelios nos dicen que, para entrar en la fe pascual y ser testigos de ella, es necesario reconocer el propio vacío interior, las tinieblas del miedo, de la duda y del pecado. Pero quienes, en la oscuridad, tienen el valor de salir y ponerse a buscar, descubren realmente que son buscados, llamados por su nombre, perdonados y enviados junto a sus hermanos y hermanas.

 

La Iglesia Pueblo de Dios, sacramento de unidad

 

15. Del Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo brota la identidad del Pueblo de Dios. Se realiza como llamada a la santidad y envío en misión para invitar a todos los pueblos a acoger el don de la salvación (cf. Mt 28,18-19). Es, pues, del Bautismo, en el que Cristo nos reviste de Sí mismo (cf. Ga 3,27) y nos hace renacer por el Espíritu (cf. Jn 3,5-6) como hijos de Dios, de donde nace la Iglesia sinodal misionera. Toda la vida cristiana tiene su fuente y su horizonte en el misterio de la Trinidad, que suscita en nosotros el dinamismo de la fe, de la esperanza y de la caridad.

16. “Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente, como excluyendo su mutua conexión, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa” (LG 9). El Pueblo de Dios, en camino hacia el Reino, se alimenta continuamente de la Eucaristía, fuente de comunión y de unidad: “Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1 Cor 10,17). La Iglesia, alimentada por el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, se constituye como su Cuerpo (cf. LG 7): “Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro” (1 Cor 12,27). Vivificada por la gracia, ella es el Templo del Espíritu Santo (cf. LG 717): es Él, en efecto, quien la anima y construye, haciendo de todos nosotros las piedras vivas de un edificio espiritual (cf. 1 Pe 2,5; LG 6).

17. El proceso sinodal nos ha hecho experimentar el “sabor espiritual” (EG 268) de ser Pueblo de Dios, reunido de todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones, viviendo en contextos y culturas diferentes. Ese Pueblo, no es nunca la mera suma de los bautizados, sino el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión, todavía peregrino en el tiempo y ya en comunión con la Iglesia del cielo. En los diversos contextos en los que están arraigadas cada una de las Iglesias, el Pueblo de Dios anuncia y testimonia la Buena Nueva de la salvación; viviendo en el mundo y para el mundo, camina junto a todos los pueblos de la tierra, dialoga con sus religiones y culturas, reconociendo en ellas las semillas de la Palabra, avanzando hacia el Reino. Incorporados a este Pueblo por la fe y el Bautismo, somos sostenidos y acompañados por la Virgen María, “signo de esperanza segura y de consuelo” (LG 68), por los Apóstoles, por quienes han dado testimonio de su fe hasta dar la vida, por los santos de todo tiempo y lugar.

18. En el Pueblo santo de Dios, que es la Iglesia, la comunión de los Fieles (Communio Fidelium) es al mismo tiempo comunión de las Iglesias (communio Ecclesiarum), que se manifiesta en la comunión de los Obispos (communio Episcoporum), en razón del antiquísimo principio de que “el Obispo está en la Iglesia y la Iglesia en el Obispo” (S. Cipriano, Epístola 66, 8). Al servicio de esta comunión multiforme, el Señor puso al apóstol Pedro (cf. Mt 16,18) y a sus sucesores. En virtud del ministerio petrino, el Obispo de Roma es “principio y fundamento perpetuo y visible” (LG 23) de la unidad de la Iglesia.

jueves, 27 de marzo de 2025

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO IV DE CUARESMA. CICLO C

               

                                           
            

HOJA PARROQUIAL

Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana











ENLACE DEL DIBUJO DE FANO


“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido


LECTURAS




Primera lectura del Libro de Josué 5, 9a. 10-12


En aquellos días, dijo el Señor a Josué:
«Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto».

Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.

Al día siguiente a la Pascua, comieron ya de los productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas.

Y desde ese día en que comenzaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.


Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7 R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.


Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor: 
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.


Segunda lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 17-21


Hermanos:
Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.


Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32


En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».




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Debido a la celebración del Jubileo “Peregrinos de esperanza”, muchas personas han preguntado cómo ‘ganar la indulgencia’. Éste es un término que, durante siglos y hasta hace poco tiempo, ha sido mal explicado y comprendido. En general se entiende como una especie de ‘perdón fácil’, una ‘transacción comercial’ mediante la cual una persona hace unas prácticas religiosas o entrega una cantidad de dinero a cambio de ‘librarse’ de las penas derivadas de los pecados cometidos.  



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Pero este año jubilar nos enseña qué es realmente la indulgencia. En primer lugar, no es ‘algo que se gana’, sino que es un don de Dios, como nos dice el Papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo: «La indulgencia permite descubrir cuán ilimitada es la misericordia de Dios. No sin razón en la antigüedad el término “misericordia” era intercambiable con el de “indulgencia”, precisamente porque pretende expresar la plenitud del perdón de Dios que no conoce límites». Y hoy en el Evangelio hemos escuchado la mejor expresión de esa misericordia y perdón de Dios sin límites: la parábola del padre misericordioso, en la que sus personajes, por medio de lo que hacen y dicen, nos enseñan qué es verdaderamente la indulgencia. 

El hijo menor, tras el desprecio hecho a su padre (“dame la parte que me toca de la fortuna”) y el estilo de vida que ha llevado (“derrochó su fortuna viviendo perdidamente”), acaba reconociendo su pecado, aunque sea de un modo interesado (“cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”), pero eso es suficiente para ponerse en camino “adonde estaba su padre”. La indulgencia requiere, por tanto, que nos reconozcamos realmente pecadores. 

Seguidamente, confiesa su pecado: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…” La indulgencia conlleva la confesión sacramental: «La Reconciliación sacramental representa un paso decisivo, esencial e irrenunciable para el camino de fe de cada uno» (Bula). Esto a muchos les supone un obstáculo pero, como escribió el Arzobispo de Valencia en su Carta Pastoral con motivo del Jubileo: «A quienes han abandonado la práctica de este sacramento les quiero invitar a volver a él, para redescubrir el gozo de la salvación; a quienes lo viven de una forma rutinaria les animo a profundizar en su significado, a acoger la gracia de Dios que nos ayuda a intensificar la amistad con Él y a avanzar en el camino de la santidad. Soy consciente de que la mediación eclesial en la recepción del perdón es para muchos una dificultad, cuando en realidad debería ser una ayuda para una auténtica reconciliación: la humildad para reconocer y confesar nuestras faltas ante un ministro de la Iglesia nos ayuda a vivir este encuentro con Dios no con miedo». 

Porque en el sacramento de la Reconciliación, por medio del ministro ordenado, vivimos lo que hizo el padre de la parábola: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas… se le echó al cuello y lo cubrió de besos…” «En la Reconciliación sacramental permitimos que el Señor destruya nuestros pecados, que sane nuestros corazones, que nos levante y nos abrace, que nos muestre su rostro tierno y compasivo» (Bula). 

Pero, «como sabemos por experiencia personal, el pecado “deja huella”, lleva consigo unas consecuencias; no sólo exteriores, en cuanto consecuencias del mal cometido, sino también interiores. En nuestra humanidad débil y atraída por el mal, permanecen los “efectos residuales del pecado”. Éstos son removidos por la indulgencia». Tras la confesión de nuestros pecados, Dios también dice: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies…” Esto es la indulgencia: Dios nos devuelve a nuestra dignidad inicial, nos restituye como verdaderos hijos suyos, como si nunca nos hubiéramos alejado de Él. La indulgencia es el regalo, el don que Dios pone a nuestro alcance especialmente en este año jubilar, invitándonos a recorrer de forma consciente el proceso del hijo menor de la parábola, porque «un camino de conversión vivido en profundidad no puede limitarse a la celebración del sacramento de la Reconciliación; debe ser un camino de purificación que todos debemos recorrer». (Carta pastoral).





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¿Qué idea tengo sobre la indulgencia? ¿Me he propuesto ‘ganarla’ en este año Jubilar? ¿Las prácticas externas (oración, confesión sacramental, peregrinación, comunión de bienes…) me ayudan vivir la indulgencia como un don de Dios y una experiencia de su amor misericordioso? 

Decía la 2ª lectura: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. «Las prácticas para vivir la indulgencia del año jubilar expresan la aspiración de que, no sólo nuestras obras, sino también nuestros deseos y nuestras intenciones broten de un corazón que quiere estar en la presencia del Señor en justicia y santidad. La indulgencia jubilar, expresión de la sobreabundancia del perdón y de la misericordia de Dios, es también el signo de que la gracia de Dios, además de perdonarnos, tiene poder para transformarnos interiormente» (Carta), como ocurrió con el hijo menor.









DOCUMENTO FINAL

POR UNA IGLESIA SINODAL:

COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN


Introducción


10. Este Documento final, ofrecido al Santo Padre y a las Iglesias como fruto de la XVI Asamblea General del Sínodo de los Obispos, valora todos los pasos realizados. Recoge algunas convergencias importantes surgidas en la Primera Sesión, las aportaciones provenientes de las Iglesias en los meses transcurridos entre la Primera y la Segunda Sesión, y lo que ha madurado durante la Segunda Sesión, sobre todo a través de la conversación en el Espíritu.


11. El Documento final expresa la conciencia de que la llamada a la misión es simultáneamente la llamada a la conversión de cada Iglesia local y de la Iglesia toda, en la perspectiva indicada en la exhortación apostólica Evangelii gaudium (cf. EG 30). El texto consta de cinco partes. La primera, intitulada El corazón de la sinodalidad, esboza los fundamentos teológicos y espirituales que iluminan y alimentan lo que viene a continuación. Reafirma la comprensión compartida de la sinodalidad que surgió en la Primera Sesión y desarrolla sus perspectivas espirituales y proféticas. La conversión de los sentimientos, las imágenes y los pensamientos que habitan nuestros corazones avanza junto con la conversión de la acción pastoral y misionera. La segunda parte, con el título, En la barca, juntos, está dedicada a la conversión de las relaciones que construyen la comunidad cristiana y configuran la misión en el entrelazamiento de vocaciones, carismas y ministerios. La tercera, “Echar la red” , identifica tres prácticas íntimamente relacionadas: el discernimiento eclesial, los procesos decisionales, y una cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación. También con respecto a éstas se nos pide que iniciemos caminos de “transformación misionera”, para lo cual urge una renovación de los órganos de participación. La cuarta parte, bajo el título Una pesca abundante, delinea cómo sea posible cultivar de forma nueva el intercambio de dones y el tejido de los vínculos que nos unen en la Iglesia, en un momento en que la experiencia de estar arraigado en un lugar está cambiando profundamente. Sigue una quinta parte, “También yo os envío”, que nos permite contemplar un paso indispensable que hay que dar: cuidar la formación de todos, en el Pueblo de Dios, en la sinodalidad misionera.


12. La elaboración del Documento final se ha guiado por los relatos evangélicos de la Resurrección. La carrera hacia el sepulcro en la madrugada de Pascua, la aparición del Resucitado en el Cenáculo y en la orilla del lago inspiraron nuestro discernimiento y alimentaron nuestro diálogo. Hemos invocado el don pascual del Espíritu Santo, pidiéndole que nos enseñe lo que debemos hacer y nos muestre juntos el camino a seguir. Con este documento, la Asamblea reconoce y testimonia que la sinodalidad, dimensión constitutiva de la Iglesia, ya forma parte de la experiencia de muchas de nuestras comunidades. Al mismo tiempo, sugiere caminos a seguir, prácticas a implementar, horizontes a explorar. El Santo Padre, que ha convocado a la Iglesia en Sínodo, indicará a las Iglesias, confiadas al cuidado pastoral de los Obispos, cómo proseguir nuestro camino sostenidos por la esperanza “que no defrauda” (Rm 5,5).


Parte I - El corazón de la sinodalidad


Llamados por el Espíritu Santo a la conversión


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba (Jn 20,1-2)


13. En la mañana de Pascua encontramos a tres discípulos: María Magdalena, Simón Pedro y el Discípulo a quien Jesús amaba. Cada uno de ellos busca al Señor a su manera; cada uno tiene su propio papel en el amanecer de la esperanza. María Magdalena está impulsada por un amor que la lleva primero al sepulcro. Advertidos por ella, Pedro y el Discípulo Amado se dirigen hacia el sepulcro; el Discípulo Amado corre con la fuerza de la juventud, busca con la mirada del que intuye primero, pero sabe ceder el paso al mayor que ha recibido el encargo de guiar; Pedro, agobiado por haber negado al Señor, espera la cita con la misericordia de la que será ministro en la Iglesia. María permanece en el huerto, oye que la llaman por su nombre, reconoce al Señor que la envía a anunciar su resurrección a la comunidad de los discípulos. Por eso la Iglesia la reconoce como Apóstol de los Apóstoles. Su mutua dependencia encarna el corazón de la sinodalidad.