HOJA PARROQUIAL
30 y 31 de Agosto de 2025
Domingo XXII del Tiempo Ordinario. Ciclo C
ENLACE A TODOS LOS PORTALES DE LA PARROQUIA
“El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”
LECTURAS
Primera lectura del libro del Eclesiástico 3, 17-20. 28-29
Salmo 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11 R/. Tu bondad, oh, Dios, preparó una casa para los pobres.
Segunda lectura de la carta a los Hebreos 12, 18-19. 22-24a
Hermanos:
No os habéis acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron que no continuase hablando.
Vosotros, os habéis acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.
Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-14
En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».
Los textos son cogidos de la página de
ver
El Viernes Santo decíamos que Jesús en la Cruz nos invita a permanecer ante las cruces y los crucificados, no sintiéndonos defraudados en nuestras esperanzas sino con paciencia, confiando en que Dios cumple en Jesucristo su promesa: la salvación para cada uno, para la Iglesia, para toda la humanidad. Ésa es la esperanza cristiana que brota de Jesús en la Cruz. Y hoy estamos celebrando que, como indica el título de la Bula de convocatoria del Jubileo 2025, esa esperanza no defrauda.
juzgar
Vemos el prejuicio en personas que rechazan de plano a determinados grupos sociales, razas, culturas, a quienes tienen diferentes opiniones políticas, a quienes desempeñan una profesión o actividad determinada… Este orgullo y prejuicio dificulta mucho la convivencia social e incluso produce enfrentamientos, a veces muy graves.
También en la vida de fe caemos en el orgullo y el prejuicio. En el orgullo, cuando creemos que nosotros somos “los buenos”, mejores que los no creyentes o los fieles de otras religiones; o creemos que nuestra parroquia, comunidad, movimiento o asociación es superior a otros grupos o miembros de la Iglesia; o pensamos que ocupamos una determinada responsabilidad o hemos recibido un nombramiento porque “lo merecemos”. Y en el prejuicio caemos cuando nos consideramos poseedores de “la verdad” y rechazamos de entrada a otras personas y grupos sociales que no comparten nuestra visión de la realidad o nuestro modo de vivir la fe. Este orgullo y prejuicio también dificulta no sólo la comunión eclesial, sino nuestra misma relación con Dios, porque, como en el caso de los protagonistas de la novela, nuestra relación con Dios debe ser (y sólo puede ser) una relación de amor, y el verdadero amor está reñido con el orgullo y el prejuicio.
La Palabra de Dios nos invita a luchar contra ellos potenciando una actitud hacia la que también hay mucho prejuicio, tanto en la sociedad como también, como hemos visto, entre quienes somos y formamos la Iglesia: la humildad. Porque humildad no es sinónimo de ser despreciable o poca cosa. Al contrario, la humildad es el reconocimiento de que nuestras capacidades, talentos, posición social, bienes… son dones de Dios, y obramos desde esa conciencia, sin orgullo ni prejuicio.
Por eso la 1ª lectura hemos escuchado: “Actúa con humildad en tus quehaceres…” Y en el Evangelio, “Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos para comer y notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal… vete a sentarte en el último puesto”. A cada uno de nosotros nos corresponde revisar desde esta Palabra de Dios nuestro grado de humildad: en mis quehaceres cotidianos, ya sea en casa, en mi lugar de trabajo o estudios, con mis amigos, en actividades de ocio… ¿actúo con humildad, o con orgullo y prejuicio?
¿Busco “los primeros puestos”? ¿Me hago de notar, aunque sea de modo indirecto? ¿Quiero ser tenido en cuenta, que mi trabajo sea reconocido y valorado? ¿Utilizo las redes sociales con este fin?
actuar
DOCUMENTO FINAL
POR UNA IGLESIA SINODAL:
COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN
Parte III –“Echar la red”
90. Para facilitar su funcionamiento, parece oportuno reflexionar sobre la articulación de los procesos decisionales. Esto suele incluir una fase de elaboración o instrucción “mediante un trabajo conjunto de discernimiento, consulta y cooperación” (CTI, n. 69), que informa y apoya la posterior toma de decisiones, que corresponde a la autoridad competente. Entre ambas fases no hay competencia ni contraposición, sino que por su articulación contribuyen a que las decisiones que se tomen sean fruto de la obediencia de todos a lo que Dios quiere para su Iglesia. Por ello, es necesario promover procedimientos que hagan efectiva la reciprocidad entre la asamblea y quienes la presiden, en un clima de apertura al Espíritu y confianza mutua, en busca de un consenso lo más unánime posible. El proceso debe prever también la fase de aplicación de la decisión y la de su evaluación, en las que las funciones de los sujetos implicados se articulan en nuevas modalidades.
91. Hay casos en los que la legislación vigente ya prescribe que la autoridad está obligada a consultar antes de tomar una decisión. La autoridad pastoral tiene el deber de escuchar a quienes participan en la consulta y, por consiguiente, no puede actuar como si no los hubiera escuchado. No se apartará, por tanto, del fruto de la consulta, cuando esté de acuerdo, sin una razón que prevalezca y que debe ser convenientemente expresada (cf. CIC, can. 127, § 2, 2°; CCEO can. 934, § 2, 3°). Como en toda comunidad que vive según la justicia, en la Iglesia el ejercicio de la autoridad no consiste en la imposición de una voluntad arbitraria. En las diversas formas en que se ejerce, está siempre al servicio de la comunión y de la acogida de la verdad de Cristo, en la cual y hacia la cual el Espíritu Santo nos guía en tiempos y contextos diversos (cf. Jn 14,16).
92. En una Iglesia sinodal, la competencia del Obispo, del Colegio episcopal y del Obispo de Roma en la toma de decisiones es irrenunciable, ya que hunde sus raíces en la estructura jerárquica de la Iglesia establecida por Cristo al servicio de la unidad y del respeto de la legítima diversidad (cf. LG 13). Sin embargo, no es incondicional: no se puede ignorar una orientación que surge en el proceso consultivo como resultado de un correcto discernimiento, sobre todo si es llevado a cabo por los órganos de participación. Una oposición entre consulta y deliberación es, por tanto, inadecuada: en la Iglesia, la deliberación tiene lugar con la ayuda de todos, nunca sin la autoridad pastoral, que decide en virtud de su oficio. Por eso, la fórmula recurrente en el Código de derecho canónico (CIC), que habla de un “voto sólo consultivo” (tantum consultivum), debe ser reexaminada para eliminar posibles ambigüedades. Parece oportuna una revisión de las normas canónicas en clave sinodal, que aclare tanto la distinción como la articulación entre consultivo y deliberativo, e ilumine las responsabilidades de quienes, según sus diversas funciones, participan en los procesos decisionales.