miércoles, 11 de marzo de 2026

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO IV DE CUARESMA. CICLO A

                                                          

                                           
            


HOJA PARROQUIAL

14 y 15 de Marzo de 2026

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo A












Cuaresma 2026



PROGRAMA DE CUARESMA



ENLACE A TODOS LOS PORTALES DE LA PARROQUIA


Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana














“El Señor mira el corazón


LECTURAS

 



Primera lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a


En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».

Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro que está su ungido ante el Señor».

Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».

Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».

Entonces Samuel preguntó a Jesé:
«¿No hay más muchachos?».

Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».

Samuel le dijo:
«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».

Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».

Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.



Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por los años sin término. R/.


Segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14


Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.

Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.

Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz.

Por eso dice:
«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».


Evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38


En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:
«El mismo».

Otros decían:
«No es él, pero se le parece».

El respondía:
«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:
«Que es un profeta».

Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo:
«Creo, Señor».

Y se postró ante él.









Los textos son cogidos de la página de 







ver



Hay un modelo de despertador que tiene ‘efecto amanecer’: lleva incorporada una luz que se va ganando intensidad progresivamente hasta lograr que despertemos, de un modo más ‘natural’, sin el sobresalto que provoca el timbre o la música, y así podemos empezar la jornada con buen ánimo.


juzgar


El Miércoles de Ceniza el Señor nos invitó a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión. El primer domingo de Cuaresma nos enseñó que debemos alimentarnos del Pan de la Palabra de Dios, para vencer la tentación y que mantenga bien encendidos nuestro deseo y pasión por convertirnos más al Señor. Y segundo domingo el Señor se transfiguró para reavivar el deseo y la pasión de los Discípulos, haciéndoles vivir una experiencia de lo que será la manifestación plena de su gloria, y dijimos que también a nosotros nos regala experiencias de transfiguración, momentos muy personales y especiales de encuentro con Dios, a veces muy sencillos, que nos dan fuerzas para afrontar los problemas, porque reavivan nuestro deseo y pasión por seguir a Jesús. 

El tercer domingo de Cuaresma vimos que a menudo sentimos ‘sed’ de algo que nos llene, y lo buscamos saciar por caminos equivocados, que nos siguen dejando sedientos porque, en el fondo, es sed de Dios, y sólo Él puede saciarnos. Y preguntábamos si sentimos verdadera sed de Dios, y si buscamos saciarla con deseo y pasión. 

Como dijimos el Miércoles de Ceniza, en nuestra vida a veces el deseo y la pasión se manifiestan de forma repentina y arrolladora, pero otras veces no surgen de golpe, sino que se van encendiendo poco a poco, como ese despertador con ‘efecto amanecer’. Y lo mismo ocurre con el deseo y la pasión por convertirnos, por volvernos más hacia Dios: va encendiéndose progresivamente. 

El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos ha ofrecido el ejemplo del ciego de nacimiento. El Señor ya nos dice que esa ceguera es “para que se manifiesten en él las obras de Dios”, es decir, para que los oyentes de entonces y de ahora no nos quedemos sólo en lo que es y significa la ceguera física y su curación, sino que aprendamos a ‘ver’ progresivamente los signos de la presencia de Dios. 

El ciego de nacimiento se encuentra en oscuridad, no sólo física, sino también espiritual. No siente deseo ni pasión por Jesús, apenas sabe nada de Él, y por eso, cuando le preguntan cómo se le han abierto los ojos, sólo sabe referirse a ese “hombre que se llama Jesús”, pero no sabe dónde está. Pero, junto con la luz para sus ojos, ya se ha encendido también la luz en su alma, y poco a poco, en los diálogos que va manteniendo, esa luz se irá haciendo más intensa y se enciende su deseo y pasión por Jesús. 

Cuando al rato “volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»”, él responde ahora: “Que es un profeta”, alguien enviado por Dios. Y, en contraste con las respuestas evasivas de sus padres, “porque tenían miedo a los judíos”, y la presión de los judíos: “nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”, él se atreve a responder: “Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Más aún, se atreve a cuestionarles: “¿También vosotros queréis haceros discípulos suyos?”. 

Y su deseo y pasión por Jesús siguen en aumento, como manifiesta la réplica que les ofrece con valentía: “Sabemos que Dios no escucha a los pecadores… Si éste no viniera de Dios, no tendrían ningún poder”. Pero aún no se ha encendido del todo su deseo y pasión, faltaba el encuentro directo con Jesús: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” ‘El Hijo del hombre’ es el nombre que el profeta Daniel da al Mesías que vendría a instaurar el Reino de Dios, un título que Jesús se aplica a sí mismo como verdadero Dios y verdadero hombre. “¿Y quién es, Señor, para que crea en Él? Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor”. Jesús ya no es para él ‘un profeta’, sino que es ‘el Señor’, la palabra con la que se denomina a Dios. Por esta profesión de fe se ha encendido completamente en él el deseo y la pasión por Jesús.

actuar




La Cuaresma es el tiempo de gracia para ‘despertar’ nuestra fe, para abrirnos los ojos, y lo está haciendo de un modo progresivo, como ese ‘efecto amanecer’ del despertador. Como el ciego de nacimiento, dejémonos tocar por Jesús y hagamos lo que nos pide, para que se vaya encendiendo en nosotros el deseo y la pasión por Jesús, sin miedo a lo que otros puedan decirnos o cuestionarnos, y así se abran nuestros ojos y podamos afirmar con convencimiento, como el que era ciego: “Creo, Señor”.









3.1. Custodiar la visión de conjunto


Más que ofrecer una síntesis de los principales contenidos del DF, que incluso podría convertirse en un obstáculo para acceder al texto en su integridad, en esta sede parece preferible explicitar algunas líneas de fuerza que lo atraviesan, le confieren organicidad y constituyen criterios de orientación y evaluación para las decisiones que se pretendan tomar. En esta perspectiva deben enraizarse los pasos concretos que se emprendan para dar cumplimiento a las indicaciones del DF:Ç


a) Ante todo, el DF propone una perspectiva eclesiológica precisa a la cual referirse, enraizada en el Concilio Vaticano II: «El camino sinodal está, de hecho, poniendo en práctica lo que el Concilio enseñó sobre la Iglesia como Misterio y Pueblo de Dios, llamado a la santidad mediante una continua conversión que proviene de la escucha del Evangelio» (DF, n. 5), en la conciencia de que cada uno de sus miembros, hombre o mujer, ha recibido el don del Espíritu Santo.


b) La misión de anunciar el Reino de Dios, inaugurada por Jesús y a la cual están llamados todos los bautizados, cada uno con la especificidad de sus carismas, vocación y ministerio, constituye el eje central del texto y su objetivo final. Las reflexiones sobre los instrumentos a adoptar o las reformas a realizar deben situarse siempre en el horizonte de la misión, que es el criterio fundamental de todo discernimiento al respecto. En particular, el DF impulsa con decisión a una Iglesia cada vez más audaz en su apertura hacia fuera, al punto de pedir que las comunidades se conciban «principalmente al servicio de la misión que los fieles llevan adelante dentro de la sociedad, en la vida familiar y laboral, sin concentrarse exclusivamente en las actividades que se realizan en su interior y en sus necesidades organizativas» (DF, n. 59).


c) La perspectiva relacional y la lógica del intercambio de dones como expresión de catolicidad son otras dos líneas de fuerza que recorren todo el DF y que orientan, por tanto, su comprensión y aplicación. Esto se evidencia claramente en la presentación de las figuras de los ministros ordenados, en relación orgánica entre sí y con todo el Pueblo de Dios (cf. DF, nn. 69-74), o en la descripción de los vínculos entre las Iglesias locales a través de la comunión entre los Obispos.


d) El impulso ecuménico representa la extensión de la perspectiva relacional y de la lógica del intercambio de dones. No es, por tanto, un añadido opcional, sino una exigencia frente a la cual se debe verificar el dinamismo del propio caminar juntos.


e) Por último, el DF hace suya la visión conciliar de una Iglesia en el mundo, en diálogo con todos, con las demás tradiciones religiosas (cf. DF, n. 41) y con toda la sociedad (cf. DF, n. 42). Crecer como Iglesia sinodal capaz de diálogo tiene un valor de profecía social que comprende el compromiso por la justicia social y la ecología integral. Estas dimensiones no podrán ser descuidadas en la fase de implementación, llevando a crear oportunidades de diálogo a partir de las necesidades concretas de los territorios y de las sociedades en las que se vive.


Además de las líneas de fuerza recién mencionadas, el dinamismo que anima el DF, y que la fase de implementación está llamada a asumir, proviene de la articulación continua de algunas polaridades y tensiones que estructuran la vida de la Iglesia y el modo en que las categorías eclesiológicas la expresan. Enumeramos aquí algunas de estas polaridades: Iglesia toda e Iglesia local; Iglesia como Pueblo de Dios, como Cuerpo de Cristo y como Templo del Espíritu; participación de todos y autoridad de algunos; sinodalidad, colegialidad y primado; sacerdocio común y sacerdocio ministerial; ministerialidad (ministerios ordenados e instituidos) y participación en la misión en virtud de la vocación bautismal sin una forma ministerial. La implementación del DF requiere afrontar y discernir estas tensiones tal como se presentan en las circunstancias propias en las que vive cada Iglesia local. El camino no consiste en buscar un imposible equilibrio que elimine la tensión en favor de uno de los polos. Más bien, en el aquí y ahora de cada Iglesia local, será necesario discernir cuál de los posibles equilibrios permite un servicio más dinámico a la misión. Es verosímil que en diferentes lugares se lleguen a decisiones distintas. Por esta razón, en numerosos ámbitos, el DF abre algunos espacios para la experimentación local, por ejemplo, en materia de ministerios (cf. DF, nn. 66, 76 y 78), procesos decisionales (cf. DF, n. 94), rendición de cuentas y evaluación (cf. DF, n. 101), organismos de participación (cf. DF, n. 104). Las Iglesias individuales están invitadas a servirse de ellos. En las actuales circunstancias socioculturales, una de estas tensiones parece presentarse con formas particularmente nuevas y requiere un esfuerzo de conciencia. Por ello, el DF le dedica un párrafo entero, significativamente titulado «Arraigados y peregrinos» (cf. DF, nn. 110-119). Tradicionalmente, es el vínculo con un lugar, entendido en sentido espacial y geográfico, lo que define a las Iglesias locales como porciones del Pueblo de Dios y constituye la base del sentido de pertenencia de las personas. Fenómenos como la urbanización, la creciente movilidad y las migraciones, y la difusión de la cultura digital modifican profundamente el modo en que las personas experimentan la pertenencia: esta se refiere a redes de relaciones más que a ámbitos espaciales, aunque permanece firme la necesidad humana de vínculos comunitarios. De hecho, su debilitamiento hace aún más urgente un esfuerzo de creatividad misionera que permita a la Iglesia alcanzar a las personas y crear con ellas vínculos allí donde se encuentren (cf. ibid.). En la fase de evaluación, será importante recoger los frutos de las experiencias realizadas por las Iglesias locales en cuanto al habitar las polaridades y tensiones, así como los resultados de los esfuerzos de creatividad misionera, con vistas al intercambio de buenas prácticas.


miércoles, 4 de marzo de 2026

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO III DE CUARESMA. CICLO A

                                                         

                                           
            


HOJA PARROQUIAL

7 y 8 de Marzo de 2026

Domingo III de Cuaresma. Ciclo A












Cuaresma 2026



PROGRAMA DE CUARESMA



ENLACE A TODOS LOS PORTALES DE LA PARROQUIA


Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana














“Un surtidor que salta hasta la vida eterna


LECTURAS

 




Primera lectura del libro del Éxodo 17, 3-7


En aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».

Clamó Moisés al Señor y dijo:
«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».

Respondió el Señor a Moisés:
«Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
«¿Está el Señor entre nosotros o no?».



Salmo 94, 1-2. 6-7c. 7d-9 R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».


Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.


Segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8


Hermanos:
Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.


Evangelio según san Juan 4, 5-42


En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta:
«No tengo marido».

Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».

Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.

Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».


o bien más breve




En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:

«Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice:

«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó:

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice:

«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó:

«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice:

«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice:

«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice:

«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice:

«Soy yo, el que habla contigo».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».





Los textos son cogidos de la página de 







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El Miércoles de Ceniza dijimos que el deseo y la pasión son dos impulsos constitutivos del ser humano. Y también experimentamos otras sensaciones que a veces se manifiestan con mucha fuerza; una de ellas es la sed, la necesidad de ingerir líquidos para regular el contenido de agua en nuestro cuerpo y que éste funcione correctamente.


juzgar


El Miércoles de Ceniza el Señor nos invitó a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión. El primer domingo de Cuaresma nos enseñó que debemos alimentarnos del Pan de la Palabra de Dios, para vencer la tentación y que mantenga bien encendidos nuestro deseo y pasión por convertirnos más al Señor. Y el domingo pasado se transfiguró para reavivar el deseo y la pasión de los discípulos, haciéndoles vivir una experiencia de lo que será la manifestación plena de su gloria. Y dijimos que también a nosotros nos regala experiencias de transfiguración, momentos muy personales y especiales de encuentro con Dios, a veces muy sencillos: una celebración, un tiempo de oración, una lectura, una conversación con alguien… que no eliminan las dificultades de la vida guiada por la fe, ni los otros problemas de la vida, pero nos dan fuerzas para afrontarlos con nuevo ánimo, porque reavivan nuestro deseo y pasión por seguir a Jesús. 

En este tercer domingo de Cuaresma el Señor nos invita a que, a ese deseo y pasión, unamos la sed; nos invita a que, desde la experiencia de la sed física, reflexionemos sobre la sed espiritual, sed de Él, porque, además de la «necesidad de beber», es también el «apetito o deseo ardiente de algo». Y tenemos la experiencia de esos otros tipos de ‘sed’ que a menudo nos afectan: sed de amor, de felicidad, de verdad, de seguridad... y cómo nos afecta no poder saciar esa sed. 

Unas veces experimentamos la sed por la dureza de las circunstancias que debemos vivir. En la 1ª lectura hemos escuchado que el pueblo de Israel, en su peregrinar por el desierto, “sediento, murmuró contra Moisés”, y se preguntaron: “¿Esté el Señor con nosotros o no?” Más allá de la necesidad de beber agua, las dificultades del camino hacen que el pueblo se cuestione la presencia de Dios. Y esto también nos ocurre a nosotros cuando atravesamos situaciones difíciles, que hacen que cuestionemos la fe: ‘¿Está Dios con nosotros? Y, si está, ¿por qué no me ayuda?’ Y nos quedamos ‘sedientos’. 

Otras veces es simplemente el discurrir de los días, en su rutina y monotonía, lo que nos hace experimentar la sed de plenitud, de sentido a nuestra vida. En el Evangelio hemos escuchado el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, que fue a sacar agua al pozo de Jacob. Para ella, ésa era la rutina diaria, trabajosa y sin mayor aliciente, pero Jesús sabe que, en el fondo, ella está ‘sedienta’ de algo más, que ha buscado saciar erróneamente (“no tienes marido: has tenido ya cinco…”) 

Por eso, aunque en un primer momento ella sigue hablando de la necesidad de beber (“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”), Jesús la ayuda a pasar al plano espiritual y a descubrir cuál es su verdadera sed: “el que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Y ella entonces ve por fin saciada su sed: “dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?»” 

También a nosotros nos afecta la rutina y la monotonía, sentimos ‘sed’ de algo que nos llene, y lo buscamos saciar por caminos equivocados, con actividades, distracciones… que nos siguen dejando sedientos porque, en el fondo, es sed de Dios, y sólo Él puede saciarnos.


actuar




En la segunda estrofa del conocido canto ‘Hambre de Dios’, cantamos: «Señor, yo tengo sed de Ti, sediento estoy de Dios…» Y este tercer domingo de Cuaresma nos llama a preguntarnos si, del mismo modo que necesitamos beber para que nuestro cuerpo funcione correctamente, también sentimos verdadera sed de Dios y si buscamos saciarla con deseo y pasión para que nuestra alma ‘funcione’. 

“Si conocieras el don de Dios…” La Cuaresma es el tiempo de gracia; aprovechémoslo para encontrarnos con Jesús de un modo tranquilo, como la samaritana, para ‘conocerle’ y dejar que Él nos dé su agua viva, la única que puede saciar de verdad nuestra sed de plenitud y felicidad eternas.









Finalmente, será de particular importancia la tarea de acompañar la organización de las Asambleas Continentales de Evaluación (primer trimestre de 2028) y la organización de la Asamblea Eclesial de octubre del 2028. En vista de esto, es oportuno recordar que la evaluación no es un juicio ni un control, sino una oportunidad para reflexionar donde nos encontramos en el estado del camino de implementación y conversión, iluminando los avances logrados e identificando las áreas que requieren mayor crecimiento (cf. DF, n. 100). Las Asambleas eclesiales previstas para 2027-2028 a distintos niveles deben entederse en esta línea y serán oportunidades para celebrar los dones recibidos y seguir creciendo juntos como Iglesia sinodal, comprometida con la misión confiada por Cristo en las circunstancias concretas de nuestro tiempo. Además, estas asambleas serán, también, una oportunidad para poner en práctica modalidades concretas de articulación entre sinodalidad, colegialidad y primado, de modo fiel y creativo a la luz de la corresponsabilidad diferenciada.


Las indicaciones más precisas sobre las modalidades de desarrollo de estas asambleas y los temas que se tratarán surgirán del proceso de diálogo que las precede, así como de los resultados del nuevo Grupo de Estudio que tiene entre sus funciones reflexionar sobre estos asuntos. Lo que es posible anticipar, es que estas reuniones servirán para compartir experiencias de renovación de prácticas y estructuras en clave sinodal, que cada Iglesia considere suficientemente consolidadas como para presentarlas al Santo Padre para su validación definitiva. Asimismo, permitirán la oportunidad para comenzar a abordar juntos las cuestiones que puedan surgir durante el proceso.


3. ¿Cómo utilizar el DF en la fase de implementación?


El DF es el punto de referencia de la fase de implementación: por esta razón, se cita aquí tan abundantemente. En consecuencia, es esencial promover su conocimiento, en particular por parte de los miembros de los equipos sinodales y de quienes, a diferentes niveles, están llamados a animar el proceso de implementación. Dado que el DF es un texto rico y orgánico, será oportuno prever (a nivel local, nacional o regional) momentos y/o instrumentos de formación, acompañamiento y guía para su lectura, que permitan captar la inspiración que lo anima y no solo hacerse una idea de las cuestiones tratadas. Ante todo, la lectura del DF debe ser sostenida y alimentada por la oración, tanto comunitaria como personal, centrada en Cristo, maestro de la escucha y del diálogo (cf. DF, n. 51) y abierta a la acción del Espíritu: no bastará con un análisis abstracto del texto. El DF propone, en efecto, a la Iglesia toda y a cada bautizado, la perspectiva de un camino de conversión: «la llamada a la misión es, al mismo tiempo, la llamada a la conversión de cada Iglesia local y de la Iglesia toda» (DF, n. 11). Como todo camino de conversión, implica un proceso de profundización y purificación interior, al que, en el plano personal, seguirá un cambio de elecciones, comportamientos y estilos de vida.


En el plano comunitario, la renovación de las categorías de pensamiento y de la cultura en clave sinodal será el terreno donde puedan germinar nuevas prácticas y estructuras renovadas.


El DF es un texto orgánico, animado por un dinamismo interno propio, como consecuencia del largo proceso de escucha, confrontación y discernimiento del que es fruto.


Por tanto, no puede considerarse una recopilación de indicaciones sobre temas diversos que puedan tomarse en cuenta de forma aislada del contexto en el que fueron formuladas. Esto impediría captar su sentido y, por tanto, orientar correctamente su aplicación. Así lo evidencia su propia estructura.


La Parte I, de hecho, expresa la comprensión compartida de la sinodalidad, fruto del camino recorrido, y traza sus fundamentos teológicos y espirituales, arraigados en el Concilio Vaticano II. En el extremo opuesto, la Parte V retoma la perspectiva global y recuerda que crecer como Iglesia sinodal misionera requiere cuidar la formación de todos los miembros del Pueblo de Dios; la Conclusión, por su parte, evoca una perspectiva escatológica que orienta la misión común a la que están llamados a colaborar todos los miembros del Pueblo de Dios. Dentro de este marco de sentido, las Partes II, III y IV se centran en algunos aspectos concretos de la vida de la Iglesia, formulando propuestas para su renovación. En particular: la Parte II «está dedicada a la conversión de las relaciones que edifican la comunidad cristiana y dan forma a la misión en la interrelación de vocaciones, carismas y ministerios» (DF, n. 11); la Parte III identifica tres prácticas cruciales para iniciar procesos de “transformación misionera” (discernimiento eclesial, procesos decisionales, cultura de la transparencia, rendición de cuentas y evaluación) y subraya la urgencia de una renovación de los organismos de participación; la Parte IV «traza el modo en que es posible cultivar en formas nuevas el intercambio de dones y la red de vínculos que nos unen en la Iglesia, en un tiempo en que la experiencia del arraigo en un lugar está cambiando profundamente» (ibid.), reflexionando sobre el papel de las conferencias episcopales y las asambleas eclesiales, así como sobre el servicio del Obispo de Roma.