HOJA PARROQUIAL
7 y 8 de Febrero de 2026
Domingo V del Tiempo Ordinario. Ciclo A
ENLACE A TODOS LOS PORTALES DE LA PARROQUIA

“Bienaventurados los pobres en el Espíritu”
LECTURAS
Primera lectura del libro de Isaías 58, 7-10
Esto dice el Señor:
Salmo 111 1, 4-5. 6-7. 8a, y 9 R/. El justo brilla en las tinieblas como una luz
Segunda lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5
Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Evangelio según san Mateo 5, 13-16
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Los textos son cogidos de la página de
ver
Desde hace unos años estamos comprobando cómo nuestro mundo está dejando de ser un lugar pacífico. Según el Instituto para la Economía y la Paz, además de las guerras que centran la información (Ucrania, Palestina…), hay 59 conflictos armados activos en el mundo, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. Hay un incremento de enfrentamientos, guerras o amenazas de guerras, y se constata un debilitamiento de los mecanismos diplomáticos para la resolución de conflictos: tan solo el 4% de las guerras termina en acuerdos negociados.
juzgar
Por eso, hoy que celebramos la Jornada de Manos Unidas contra el Hambre, sorprende que el lema para este año sea: «Declara la guerra al hambre». Para entender su significado, debemos recordar que en 1955, la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC) hacía público un manifiesto en el que anunciaba su compromiso de poner su capacidad de movilización y de sensibilización al servicio de una causa que no podía esperar: la lucha activa contra el hambre en el mundo. Este manifiesto terminaba con esta frase: «Declaramos la guerra al hambre». En España, las Mujeres de la Acción Católica tomaron el testigo, propusieron un día de ayuno voluntario, e hicieron un llamamiento para combatir tres tipos de hambre: de pan, de cultura y de Dios. Así nació en 1959 la primera Campaña Contra el Hambre.
Desde entonces, Manos Unidas, la Asociación de la Iglesia Católica en España para la ayuda, promoción y desarrollo de los países más empobrecidos, sigue manteniendo la misma esperanza de que el mundo pueda verse libre, por fin, de la lacra del hambre. Su misión es luchar contra la pobreza, el hambre, la enfermedad… y también erradicar las causas estructurales que las producen. Lo hace a través de proyectos de desarrollo y también mediante campañas de sensibilización.
Manos Unidas nos recuerda que, como dijo el Papa Benedicto XVI, ‘combatir la pobreza es construir la paz’ (Mensaje Jornada Paz 2009). Y el Papa Francisco, en ‘Fratelli tutti’ 235, recordó: «Quienes pretenden pacificar a una sociedad no deben olvidar que la falta de un desarrollo humano integral no permite generar paz. Sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión». La paz y el desarrollo integral de las personas se complementan y por eso hay que ‘declarar la guerra al hambre’. La justicia social lleva a la construcción de la fraternidad universal, y la Palabra de Dios que hemos escuchado es una llamada a comprometernos en el desarrollo humano integral para generar la deseada paz.
En la 1ª lectura hemos escuchado: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo”. Es una llamada a atender las necesidades básicas de toda persona, y añade: “y no te desentiendas de los tuyos”. Cualquier ser humano es ‘de los tuyos’, de los nuestros, un hermano, porque todos somos imagen de Dios y tenemos derecho a una vida digna. Y la lectura también indicaba las consecuencias de atender a los necesitados: “Entonces surgirá tu luz… ante ti marchará la justicia…” Trabajar por el desarrollo humano integral es el camino para alcanzar la paz que deseamos.
Y no hacen falta capacidades especiales, como nos recordaba la 2ª lectura: “Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría… sino en la manifestación y el poder del Espíritu”. Ese Espíritu que hemos recibido en nuestro Bautismo y que impulsa nuestra vocación cristiana y que hace realidad lo que Jesús nos ha dicho en el Evangelio: “Vosotros sois la sal de la tierra, sois la luz del mundo…” Ya somos la ‘sal y luz’ que se necesita para luchar contra el hambre; no nos volvamos ‘sosos’ por la indiferencia, ni ‘apaguemos’ la luz por el miedo. Y el Señor también nos ha dicho: “Brille así vuestra luz, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. Manos Unidas es uno de los brazos del candelero que es la Iglesia entera: ‘colguémonos’ de Manos Unidas para que la Luz de Cristo alumbre a todos los que viven en nuestra casa común.
actuar
Hoy el Señor, por medio de Manos Unidas, nos dice a cada uno: «Declara la guerra al hambre», porque es uno de los caminos para alcanzar la verdadera paz. Unámonos al manifiesto de las mujeres de la UMOFC: «todas unidas y en conexión con todos aquéllos que se consagran a la misma tarea, podemos mucho más de lo que creemos. No se necesita más para acometer la empresa. Declaramos la guerra al hambre».
La fase de implementación comenzó poco antes del Jubileo de la esperanza. Esta coincidencia nos ha impulsado a situar en los próximos meses un acontecimiento importante: el Jubileo de los equipos sinodales y de los organismos de participación, previsto del 24 al 26 de octubre de 2025, cuya organización ha sido confiada a la Secretaría General del Sínodo. Será una gracia poder vivir juntos un momento profundo de espiritualidad, en unión con todo el Pueblo de Dios; y será también una ocasión para tejer vínculos, intercambiar experiencias y sintonizarnos mejor de cara a las próximas etapas.
2. ¿Quiénes participan en la fase de aplicación? ¿Qué tareas y responsabilidades les corresponden?
La fase de implementación es un proceso eclesial en sentido pleno, que implica a todas las Iglesias como sujetos de la recepción del DF y, por tanto, a todo el Pueblo de Dios, mujeres y hombres, en la variedad de carismas, vocaciones y ministerios con los que se enriquece y en las distintas articulaciones en las que se desarrolla su vida concretamente (pequeñas comunidades cristianas o comunidades eclesiales de base, parroquias, asociaciones y movimientos, comunidades de consagrados y consagradas, etc.). Puesto que la sinodalidad es una «dimensión constitutiva de la Iglesia» (DF, n. 28), no puede tratarse de un camino limitado a un núcleo de “entusiastas”. Por el contrario, es importante que este nuevo proceso contribuya concretamente «a ampliar las posibilidades de participación y el ejercicio de la corresponsabilidad diferenciada de todos losbautizados, hombres y mujeres» (DF, n. 36), en un espíritu de reciprocidad. Además, es fundamental que busque involucrar a quienes hasta ahora han permanecido al margen del camino de renovación eclesial que representa el Sínodo, como son «personas y grupos con distintas identidades culturales y condiciones sociales, en particular los pobres y los excluidos» (ibid.). Numerosas Iglesias han iniciado itinerarios orientados a hacer ordinario en su vida el compromiso de ser una Iglesia en escucha, del mismo modo que muchas señalan que la escucha de los jóvenes es una prioridad. Además, se requiere una atención particular hacia quienes han manifestado dudas o resistencias frente al proceso sinodal: para caminar verdaderamente juntos, no podemos prescindir de la aportación de su punto de vista.
Por ello, todas las Iglesias están invitadas a seguir buscando instrumentos de escucha adecuados a la gran diversidad de contextos en los que vive y actúa la comunidad cristiana, evitando limitarse únicamente al ámbito parroquial, como sucedió en algunos casos durante la fase de escucha, e implicando también a escuelas y universidades, centros de escucha y acogida, hospitales y cárceles, el entorno digital, etc. Al mismo tiempo, la fase de implementación representa una oportunidad propicia para reforzar las relaciones entre los distintos componentes de la comunidad cristiana, «de modo que se genere un intercambio de dones al servicio de la misión común» (DF, n. 65), que involucre a las comunidades y realidades apostólicas vinculadas a Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, así como a Asociaciones, Movimientos y Nuevas Comunidades. «A menudo, son sus acciones, junto con las de muchas personas y grupos informales, las que llevan el Evangelio a los lugares más diversos» (DF, n. 118), y el camino de una Iglesia sinodal necesita de ese dinamismo.
2.1. La responsabilidad del Obispo diocesano o eparquial
Precisamente porque se trata de un proceso eclesial en el sentido más pleno del término, el primer responsable de la fase de implementación en cada Iglesia local es el Obispo diocesano o eparquial: le corresponde a él iniciarla, indicar oficialmente sus tiempos, métodos y objetivos, acompañar su desarrollo y concluirla validando sus resultados. Será una ocasión propicia para ejercitar la autoridad en estilo sinodal, en la línea lo que afirma el DF: «Quien es ordenado Obispo no recibe prerrogativas y tareas que deba desempeñar en solitario. Más bien, recibe la gracia y la misión de reconocer, discernir y componer en unidad los dones que el Espíritu derrama sobre las personas y las comunidades, actuando dentro del vínculo sacramental con los Presbíteros y los Diáconos, corresponsables con él del servicio ministerial en la Iglesia local» (DF, n. 69). Quien recibe este don y asume esta misión puede reconocer y confirmar con autoridad la calidad sinodal del camino recorrido por la comunidad eclesial y los frutos que ha generado, promoviendo así la unidad de la Iglesia que – como ya decía San Juan Pablo II – «no es uniformidad, sino la integración orgánica de las diversidades legítimas» (Novo millennio ineunte, n. 46, cit. En DF, n. 39), manifestando así la acción del Espíritu, maestro de armonía. El Espíritu Santo actúa con libertad, suscitando iniciativas en el Pueblo de Dios allí donde lo considera más oportuno: la tarea de la autoridad es también reconocer estos dones, acoger la invitación a ampliar la mirada que siempre llevan consigo, favorecer su fecundidad y promover la diversidad, enriqueciendo así las posibilidades de intercambio de dones que alimenta la comunión eclesial.







