miércoles, 11 de febrero de 2026

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

                                                       

                                           
            


HOJA PARROQUIAL

14 y 15 de Febrero de 2026

Domingo VI del Tiempo Ordinario. Ciclo A








ENLACE A TODOS LOS PORTALES DE LA PARROQUIA


Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana












“Así se dijo a los antiguos, pero yo les digo


LECTURAS

 





Primera lectura del libro del Eclesiástico 15, 15-20


Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras.

Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera.

Porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo.

Sus ojos miran a los que le temen, y conoce todas las obras del hombre.

A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar.



Salmo 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 R/. Dichoso el que camina en la ley del Señor


Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.

Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R/.

Haz bien a tu siervo:
viviré y cumpliré tus palabras;
ábreme los ojos,
y contemplaré las maravillas de tu ley. R/.

Muéstrame, Señor, el camino de tus decretos,
y lo seguiré puntualmente;
enséñame a cumplir tu ley
y a guardarla de todo corazón. R/.


Segunda lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10


Hermanos:
Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.

Sino que, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.


Evangelio según san Mateo 5, 17-37


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.

El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.

Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído que se dijo:
“No cometerás adulterio”.

Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.

Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.

Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».





Los textos son cogidos de la página de 







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Cuando ocurre un accidente, una catástrofe, o se ha descubierto un fraude, es muy normal exigir responsabilidades a los políticos, a entidades sociales… y se hacen clamorosos llamamientos al respecto. Queremos saber quién ha propiciado por acción o por omisión que se haya producido ese hecho, y que se haga cargo de las consecuencias, sean de tipo económico, político, penal… Esto es justo y necesario, pero también deberíamos tener el mismo interés en exigirnos responsabilidades a nosotros mismos respecto a nuestras decisiones, acciones y omisiones, y hacernos cargo de las consecuencias que tienen, en los demás y en nosotros mismos.



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Este exigirnos responsabilidades debemos extenderlo también a nuestra vida como cristianos. Muchas veces, cuando ocurre, o nos ocurre, algo negativo, exigimos responsabilidades a Dios: ‘¿Dónde estabas? ¿Por qué no actuaste? ¿Por qué no me curas? ¿Por qué no me sacas de este problema?...’ Y nos enfadamos y nos separamos de Él, a veces definitivamente. 

Pero también deberíamos preguntarnos por qué en esos momentos la fe que decimos tener en Dios no nos sirve de apoyo ni esperanza, y exigirnos responsabilidades a nosotros mismos por el modo en que hemos estado viviendo nuestro ser cristiano, y hacernos cargo de las consecuencias. 

En primer lugar, ser cristiano no es una obligación, es una decisión libre. Aunque nuestros padres la tomaran por nosotros cuando éramos pequeños, después al llegar a la edad adulta podemos y debemos descubrir las razones para creer, y las razones para no creer, y decidir de forma responsable si queremos seguir a Jesucristo o no hacerlo. 

Y, tras esta primera decisión, el camino del cristiano, el seguimiento del Señor, acarrea una serie continua de decisiones que debemos tomar y que afectan a lo más ordinario y en lo más crucial de nuestra vida. Así nos lo ha recordado la 1ª lectura: “Si quieres, guardarás sus mandamientos, permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras”. Queda patente ese “Si quieres…” Dios respeta completamente nuestra libertad, pero la libertad conlleva la responsabilidad. Especialmente en esos momentos de crisis, debemos exigirnos responsabilidades y preguntarnos con sinceridad si hemos guardado sus mandamientos y hemos sido fieles a su voluntad, pero de corazón y no de un modo superficial, limitándonos a cumplir para tranquilizar nuestra conciencia. Debemos pensar en lo que nos ha dicho Jesús en Evangelio: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Escribas y fariseos representan a quienes se limitan a cumplir lo escrito en la ley; ¿nosotros vamos más allá del cumplimiento? Quizá me quedo con el ‘no matarás’, pero me dejo llevar por la cólera en mi relación con los demás; quizá materialmente ‘no cometo adulterio’, pero dejo libre mi pensamiento y mi mirada y acabo pecando… 

También debemos reconocer con sinceridad en qué momentos, teniendo delante ‘fuego y agua’, conscientemente hemos ‘extendido la mano al fuego’, qué elecciones hemos hecho sabiendo que se apartan del camino del Evangelio, sin darles importancia, y ahora sufrimos las consecuencias. 

Debemos preguntarnos si hemos descuidado nuestra relación con Dios, sin profundizar en nuestra fe, sobre todo en el misterio de la Cruz, del Hijo de Dios crucificado, que es uno de los aspectos fundamentales de la fe cristiana, y que puede generar ‘escándalo’, porque queremos un Dios que solucione nuestros problemas y rechazamos al Dios que muere en la Cruz. 

Por eso decía también la 1ª lectura: “Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera”. Es la gran consecuencia final de nuestras decisiones en uno u otro sentido, y es a nosotros mismos a quien hemos de exigir responsabilidades, se nos dará ‘lo que prefiramos’, y no debemos exigir responsabilidades a Dios de lo que Él nos ha dejado claro desde el principio.


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¿Exijo responsabilidades a autoridades, entidades…? ¿Exijo responsabilidades a Dios? ¿Me exijo responsabilidades a mí mismo? ¿Suelo revisar periódicamente cómo estoy viviendo la fe? 

Vamos a comenzar la Cuaresma: ¿Qué elegimos? ¿Vamos a ir más allá del cumplimiento de ayunos, abstinencias y devociones, o vamos a adentrarnos en el misterio de la Cruz? La responsabilidad es nuestra: ante nosotros “está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera”.









En cuanto «principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares» (Lumen Gentium, n. 23), los Obispos están llamados a suscitar y sostener la participación en el proceso sinodal de todos los miembros de la porción del Pueblo de Dios que les ha sido confiada. En efecto, en cada Diócesis y Eparquía hay quienes sienten un vivo deseo de participar, que debe ser escuchado; están dispuestos a comprometerse con entusiasmo y pueden también ofrecer sugerencias valiosas. Otros, en cambio, necesitan ser ayudados a abrirse a la acción del Espíritu, empezando por escuchar sus resistencias. Para desempeñar eficazmente esta misión, los Obispos diocesanos o eparquiales no podrán dejar de involucrar, además del Obispo coadjutor y de los Obispos auxiliares, si los hay:


a) Los Presbíteros y los Diáconos. A ellos corresponde, de hecho, colaborar con el Obispo «en el discernimiento de los carismas y en el acompañamiento y guía de la Iglesia local, con particular atención al servicio de la unidad» (DF, n. 72). Como recuerda el DF, «la experiencia del Sínodo puede ayudar a Obispos, Presbíteros y Diáconos a redescubrir la corresponsabilidad en el ejercicio de su ministerio» (DF, n. 74) y la dimensión sinodal del mismo. De este modo, también será posible promover una mayor participación de los Presbíteros.


b) Los organismos de participación a nivel diocesano (Consejo Presbiteral, Consejo Pastoral y Consejo de Asuntos Económicos), que están implicados, según sus respectivas formas, en los procesos de discernimiento eclesial y en la elaboración de las decisiones que la implementación del Sínodo conlleva inevitablemente. Como señala el DF, «resulta oportuno intervenir en el funcionamiento de estos organismos, empezando por la adopción de una metodología de trabajo sinodal» (DF, n. 105).


c) El equipo sinodal diocesano o eparquial, a quien le compete, particularmente, la animación del proceso (según se detalla en el párrafo siguiente).


En numerosos lugares, la experiencia ha demostrado que la adopción de procedimientos sinodales de discernimiento eclesial y la elaboración de decisiones en estilo sinodal, sobre la base de los nn. 87-94 del DF, no sólo no debilita, sino que consolida la autoridad del Obispo y facilita la acogida y ejecución de las decisiones tomadas.


2.2. La tarea de los equipos sinodales y de los órganos de participación


La experiencia de la fase de consulta ha puesto de manifiesto el valor del trabajo de los equipos sinodales: designados y acompañados por el Obispo, son instrumentos fundamentales para la animación ordinaria de la vida sinodal de las Iglesias locales. Su contribución será igualmente esencial en la fase de implementación; por ello, los equipos ya existentes deberán ser valorizados y renovados cuando sea necesario; los equipos suspendidos deberán reactivarse e integrarse adecuadamente, y deberán constituirse nuevos equipos donde aún no se hayan instituido anteriormente. Los criterios para su composición siguen siendo los ya indicados en la fase de escucha y consulta: laicos y laicas, presbíteros y diáconos, consagradas y consagrados de diferentes edades, portadores de diversas culturas y trayectorias formativas, que representen los distintos ministerios y carismas de la Iglesia. Por esta razón, no es posible establecer normas de composición válidas de forma universal. Sin embargo, aprovechando la experiencia adquirida hasta ahora, se pueden señalar algunos puntos a tener en cuenta:


a) con el fin de favorecer la conexión con la vida y la pastoral de la diócesis, sería aconsejable que algunos de los responsables diocesanos fueran también miembros del equipo;


b) para garantizar la orientación misionera y evitar el riesgo de un repliegue autorreferencial, como se indica también para los órganos de participación (cf. DF, n. 106), se recomienda incluir en los equipos sinodales a personas comprometidas con el testimonio y el servicio apostólico en la vida cotidiana y en las dinámicas sociales;


c) asimismo, se podría valorar la posibilidad de invitar, en calidad de observadores, a algunos representantes de otras Iglesias y comunidades cristianas o de otras confesiones religiosas;


d) nada impide que el Obispo forme parte del equipo sinodal; en caso de no hacerlo, debe ser informado regularmente sobre su trabajo y encontrarse con el equipo cuando sea pertinente.


En cuanto a los requisitos de los miembros, resulta esencial el conocimiento del DF, así como una experiencia directa de las dinámicas sinodales, especialmente la vivida durante la fase de escucha y consulta. En los últimos años han surgido escuelas e iniciativas de formación en sinodalidad a nivel nacional e internacional, a quienes se pueden recurrir para reforzar la preparación de los miembros de los equipos sinodales. Los equipos sinodales con una composición adecuadamente diversa, pueden convertirse más fácilmente en verdaderos laboratorios de sinodalidad, experimentando en su interior las dinámicas que están llamados a promover en el Pueblo de Dios. En la fase de implementación, su tarea principal será promover y facilitar el crecimiento del dinamismo sinodal en los contextos concretos en los que vive cada Iglesia local; identificar herramientas y metodologías adecuadas —también en lo referente a las propuestas formativas— y poner en marcha las iniciativas necesarias para avanzar en los pasos establecidos.

miércoles, 4 de febrero de 2026

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

                                                      

                                           
            


HOJA PARROQUIAL

7 y 8 de Febrero de 2026

Domingo V del Tiempo Ordinario. Ciclo A








ENLACE A TODOS LOS PORTALES DE LA PARROQUIA


Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana















“Bienaventurados los pobres en el Espíritu


LECTURAS

 




 


Primera lectura del libro de Isaías 58, 7-10


Esto dice el Señor:

«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien ves desnudo
y no te desentiendas de los tuyos.

Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.

Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.

Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía».



Salmo 111 1, 4-5. 6-7. 8a, y 9 R/. El justo brilla en las tinieblas como una luz


En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. R/.

Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. R/.

Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R/.


Segunda lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5


Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.


Evangelio según san Mateo 5, 13-16


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?

No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».




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Desde hace unos años estamos comprobando cómo nuestro mundo está dejando de ser un lugar pacífico. Según el Instituto para la Economía y la Paz, además de las guerras que centran la información (Ucrania, Palestina…), hay 59 conflictos armados activos en el mundo, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. Hay un incremento de enfrentamientos, guerras o amenazas de guerras, y se constata un debilitamiento de los mecanismos diplomáticos para la resolución de conflictos: tan solo el 4% de las guerras termina en acuerdos negociados.



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Por eso, hoy que celebramos la Jornada de Manos Unidas contra el Hambre, sorprende que el lema para este año sea: «Declara la guerra al hambre». Para entender su significado, debemos recordar que en 1955, la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC) hacía público un manifiesto en el que anunciaba su compromiso de poner su capacidad de movilización y de sensibilización al servicio de una causa que no podía esperar: la lucha activa contra el hambre en el mundo. Este manifiesto terminaba con esta frase: «Declaramos la guerra al hambre». En España, las Mujeres de la Acción Católica tomaron el testigo, propusieron un día de ayuno voluntario, e hicieron un llamamiento para combatir tres tipos de hambre: de pan, de cultura y de Dios. Así nació en 1959 la primera Campaña Contra el Hambre. 

Desde entonces, Manos Unidas, la Asociación de la Iglesia Católica en España para la ayuda, promoción y desarrollo de los países más empobrecidos, sigue manteniendo la misma esperanza de que el mundo pueda verse libre, por fin, de la lacra del hambre. Su misión es luchar contra la pobreza, el hambre, la enfermedad… y también erradicar las causas estructurales que las producen. Lo hace a través de proyectos de desarrollo y también mediante campañas de sensibilización. 

Manos Unidas nos recuerda que, como dijo el Papa Benedicto XVI, ‘combatir la pobreza es construir la paz’ (Mensaje Jornada Paz 2009). Y el Papa Francisco, en ‘Fratelli tutti’ 235, recordó: «Quienes pretenden pacificar a una sociedad no deben olvidar que la falta de un desarrollo humano integral no permite generar paz. Sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión». La paz y el desarrollo integral de las personas se complementan y por eso hay que ‘declarar la guerra al hambre’. La justicia social lleva a la construcción de la fraternidad universal, y la Palabra de Dios que hemos escuchado es una llamada a comprometernos en el desarrollo humano integral para generar la deseada paz. 

En la 1ª lectura hemos escuchado: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo”. Es una llamada a atender las necesidades básicas de toda persona, y añade: “y no te desentiendas de los tuyos”. Cualquier ser humano es ‘de los tuyos’, de los nuestros, un hermano, porque todos somos imagen de Dios y tenemos derecho a una vida digna. Y la lectura también indicaba las consecuencias de atender a los necesitados: “Entonces surgirá tu luz… ante ti marchará la justicia…” Trabajar por el desarrollo humano integral es el camino para alcanzar la paz que deseamos. 

Y no hacen falta capacidades especiales, como nos recordaba la 2ª lectura: “Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría… sino en la manifestación y el poder del Espíritu”. Ese Espíritu que hemos recibido en nuestro Bautismo y que impulsa nuestra vocación cristiana y que hace realidad lo que Jesús nos ha dicho en el Evangelio: “Vosotros sois la sal de la tierra, sois la luz del mundo…” Ya somos la ‘sal y luz’ que se necesita para luchar contra el hambre; no nos volvamos ‘sosos’ por la indiferencia, ni ‘apaguemos’ la luz por el miedo. Y el Señor también nos ha dicho: “Brille así vuestra luz, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. Manos Unidas es uno de los brazos del candelero que es la Iglesia entera: ‘colguémonos’ de Manos Unidas para que la Luz de Cristo alumbre a todos los que viven en nuestra casa común.


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Hoy el Señor, por medio de Manos Unidas, nos dice a cada uno: «Declara la guerra al hambre», porque es uno de los caminos para alcanzar la verdadera paz. Unámonos al manifiesto de las mujeres de la UMOFC: «todas unidas y en conexión con todos aquéllos que se consagran a la misma tarea, podemos mucho más de lo que creemos. No se necesita más para acometer la empresa. Declaramos la guerra al hambre».









La fase de implementación comenzó poco antes del Jubileo de la esperanza. Esta coincidencia nos ha impulsado a situar en los próximos meses un acontecimiento importante: el Jubileo de los equipos sinodales y de los organismos de participación, previsto del 24 al 26 de octubre de 2025, cuya organización ha sido confiada a la Secretaría General del Sínodo. Será una gracia poder vivir juntos un momento profundo de espiritualidad, en unión con todo el Pueblo de Dios; y será también una ocasión para tejer vínculos, intercambiar experiencias y sintonizarnos mejor de cara a las próximas etapas.


2. ¿Quiénes participan en la fase de aplicación? ¿Qué tareas y responsabilidades les corresponden?


La fase de implementación es un proceso eclesial en sentido pleno, que implica a todas las Iglesias como sujetos de la recepción del DF y, por tanto, a todo el Pueblo de Dios, mujeres y hombres, en la variedad de carismas, vocaciones y ministerios con los que se enriquece y en las distintas articulaciones en las que se desarrolla su vida concretamente (pequeñas comunidades cristianas o comunidades eclesiales de base, parroquias, asociaciones y movimientos, comunidades de consagrados y consagradas, etc.). Puesto que la sinodalidad es una «dimensión constitutiva de la Iglesia» (DF, n. 28), no puede tratarse de un camino limitado a un núcleo de “entusiastas”. Por el contrario, es importante que este nuevo proceso contribuya concretamente «a ampliar las posibilidades de participación y el ejercicio de la corresponsabilidad diferenciada de todos losbautizados, hombres y mujeres» (DF, n. 36), en un espíritu de reciprocidad. Además, es fundamental que busque involucrar a quienes hasta ahora han permanecido al margen del camino de renovación eclesial que representa el Sínodo, como son «personas y grupos con distintas identidades culturales y condiciones sociales, en particular los pobres y los excluidos» (ibid.). Numerosas Iglesias han iniciado itinerarios orientados a hacer ordinario en su vida el compromiso de ser una Iglesia en escucha, del mismo modo que muchas señalan que la escucha de los jóvenes es una prioridad. Además, se requiere una atención particular hacia quienes han manifestado dudas o resistencias frente al proceso sinodal: para caminar verdaderamente juntos, no podemos prescindir de la aportación de su punto de vista.


Por ello, todas las Iglesias están invitadas a seguir buscando instrumentos de escucha adecuados a la gran diversidad de contextos en los que vive y actúa la comunidad cristiana, evitando limitarse únicamente al ámbito parroquial, como sucedió en algunos casos durante la fase de escucha, e implicando también a escuelas y universidades, centros de escucha y acogida, hospitales y cárceles, el entorno digital, etc. Al mismo tiempo, la fase de implementación representa una oportunidad propicia para reforzar las relaciones entre los distintos componentes de la comunidad cristiana, «de modo que se genere un intercambio de dones al servicio de la misión común» (DF, n. 65), que involucre a las comunidades y realidades apostólicas vinculadas a Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, así como a Asociaciones, Movimientos y Nuevas Comunidades. «A menudo, son sus acciones, junto con las de muchas personas y grupos informales, las que llevan el Evangelio a los lugares más diversos» (DF, n. 118), y el camino de una Iglesia sinodal necesita de ese dinamismo.


2.1. La responsabilidad del Obispo diocesano o eparquial


Precisamente porque se trata de un proceso eclesial en el sentido más pleno del término, el primer responsable de la fase de implementación en cada Iglesia local es el Obispo diocesano o eparquial: le corresponde a él iniciarla, indicar oficialmente sus tiempos, métodos y objetivos, acompañar su desarrollo y concluirla validando sus resultados. Será una ocasión propicia para ejercitar la autoridad en estilo sinodal, en la línea lo que afirma el DF: «Quien es ordenado Obispo no recibe prerrogativas y tareas que deba desempeñar en solitario. Más bien, recibe la gracia y la misión de reconocer, discernir y componer en unidad los dones que el Espíritu derrama sobre las personas y las comunidades, actuando dentro del vínculo sacramental con los Presbíteros y los Diáconos, corresponsables con él del servicio ministerial en la Iglesia local» (DF, n. 69). Quien recibe este don y asume esta misión puede reconocer y confirmar con autoridad la calidad sinodal del camino recorrido por la comunidad eclesial y los frutos que ha generado, promoviendo así la unidad de la Iglesia que – como ya decía San Juan Pablo II – «no es uniformidad, sino la integración orgánica de las diversidades legítimas» (Novo millennio ineunte, n. 46, cit. En DF, n. 39), manifestando así la acción del Espíritu, maestro de armonía. El Espíritu Santo actúa con libertad, suscitando iniciativas en el Pueblo de Dios allí donde lo considera más oportuno: la tarea de la autoridad es también reconocer estos dones, acoger la invitación a ampliar la mirada que siempre llevan consigo, favorecer su fecundidad y promover la diversidad, enriqueciendo así las posibilidades de intercambio de dones que alimenta la comunión eclesial.