jueves, 26 de marzo de 2026

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO DE RAMOS. CICLO A

                                                           

                                           
            


HOJA PARROQUIAL

Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana














“Bendito el que viene en nombre el Señor


LECTURAS

 




procesión de los ramos

Mt 21,1-11: Bendito el que viene en nombre del Señor.

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles: 

«Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». 

Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:

«Decid a la hija de Sion: 

«Mira a tu rey, que viene a ti, 

humilde, montado en una borrica, 

en un pollino, hijo de acémila»». 

Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.

Y la gente que iba delante y detrás gritaba: 

«¡«Hosanna» al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡«Hosanna» en las alturas!».

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: 

«¿Quién es este?». 

La multitud contestaba: 

«Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».


Primera lectura del libro de Isaías 50, 4-7


El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.



Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?


Al verme, se burlan de mí, 
hacen visajes, menean la cabeza: 
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; 
que lo libre si tanto lo quiere». R/.

Me acorrala una jauría de mastines, 
me cerca una banda de malhechores; 
me taladran las manos y los pies, 
puedo contar mis huesos. R/.

Se reparten mi ropa, 
echan a suerte mi túnica. 
Pero tú, Señor, no te quedes lejos; 
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.

Contaré tu fama a mis hermanos, 
en medio de la asamblea te alabaré. 
«Los que teméis al Señor, alabadlo; 
linaje de Jacob, glorificadlo; 
temedlo, linaje de Israel». R/.


Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11


Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.





Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 – 27, 66


Cronista - C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
Sinagoga/pueblo - S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C. Él contestó:
Jesús + «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».

C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».

C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho».

C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».

C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.

C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

C. Jesús le dijo:
+ «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».

C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».

C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».

C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».

C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».

C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».

C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».

C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».

C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».

C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».

C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».

C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».

C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».

C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».

C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».

C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».

C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. «He pecado entregando sangre inocente».

C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».

C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».

C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».

C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».

C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».

C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».

C. Pilato les preguntó:
S. ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».

C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».

C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «¡Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!».

C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios”».

C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».

C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».

C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Déjadlo, a ver si viene Elías a salvarlo».

C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

(Todos se arrodillan, y se hace una pausa.)

C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo:
“Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».

C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».

C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.




Los textos son cogidos de la página de 







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Desde el inicio de la Cuaresma hemos visto que el deseo y la pasión son dos emociones muy fuertes y constitutivas del ser humano pero, lamentablemente, las solemos reducir sólo al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas de pecado. En realidad, el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo. Pero es cierto que a veces la pasión, en lo que sea, se desata, se convierte en una emoción exaltada y desenfrenada que nos arrastra sin control.


juzgar


También hemos visto que el Señor nos invitaba a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, porque Él, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz; pero esa pasión de Jesús no se desató en ningún momento, la vivió de un modo plenamente libre y consciente. 

Porque cuando la pasión se desata, puede ocurrir lo que hoy hemos escuchado en la Palabra de Dios, tanto en el Evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén como en el relato de la Pasión. 

Cuando Jesús se dispone a entrar en Jerusalén, la multitud, enfervorizada, “alfombró el camino con sus mantos, algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ¡‘Hosanna’ al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡‘Hosanna’ en las alturas!” la pasión por Jesús se ha desatado y arrastra a la gente de un modo arrollador: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. Pero, poco después, como también hemos escuchado, esa misma gente se deja manipular en sus sentimientos y se dejarán arrastrar por una pasión contra Jesús: “Los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús… Gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado!” Cuando dejamos que el deseo y la pasión se desaten de un modo irreflexivo, lo más probable es que las consecuencias sean negativas, y esto sirve para todas las dimensiones de la vida humana, incluyendo por tanto la dimensión de la fe. 

En este sentido, la Comisión para la Doctrina de la Fe, de la Conferencia Episcopal Española, ha publicado recientemente una nota que lleva por título ‘Cor ad cor loquitur’ (El corazón habla al corazón), sobre el papel de las emociones en el acto de fe: «Los sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual. La fe cristiana, arraigada en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar. Dios nos alcanza también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad, en nuestra emocionalidad. Sin embargo, los sentimientos no pueden determinar toda o casi toda la vida cristiana». Porque, como indica esta Comisión, «en los últimos años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana. La Iglesia valora la creatividad de diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe. En todos estos métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer ‘impacto’ en la persona. Sin embargo, no son pocos los que han advertido del riesgo de un reduccionismo ‘emotivista’ de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual». 

En estos días de Semana Santa, y particularmente en este Domingo de Ramos, es muy fácil que ‘la pasión se desate’, y nos dejemos arrastrar por lo emotivo de la procesión de los ramos; muchas personas sólo acuden hoy al templo para recoger un ramo que haya sido bendecido, porque eso es lo que ‘complace su sentimiento espiritual’. Pero realmente no desean seguir a Jesús y, como hicieron los discípulos, lo abandonan, no sólo durante la Semana Santa, sino todo el resto del año.



actuar




Vivamos con deseo y pasión nuestra fe, pero sin que esa pasión se desate, como Jesús, en lo que nos ‘complace’ y en lo que nos resulta más difícil. La Semana Santa es como un ‘Primer Anuncio’, la oportunidad para revitalizar nuestro seguimiento, recordando que «el anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida: que ‘tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna’ (Jn 3, 16). Éste es el gran impacto que renueva la mente y el pensamiento, amplía el horizonte de la libertad y ofrece un nuevo sentido a la vida».









4.1. Discernimiento eclesial


Los números 81-86 del DF trazan de manera sintética pero incisiva el perfil del discernimiento eclesial, es decir, el método propio de una Iglesia sinodal. Será necesario hacer referencia a ellos, teniendo presente que «en la Iglesia existe una gran variedad de enfoques del discernimiento y metodologías consolidadas» (DF, n. 86). En este sentido, es oportuno recordar que la conversación en el Espíritu –sin duda una de las características distintivas y uno de los elementos de éxito del proceso sinodal – merece ser valorada. Sin embargo, no es el único método sinodal ni es sinónimo de discernimiento eclesial, sino que se sitúa a su servicio como instrumento y preparación.


Como recuerda el DF en el n. 85, el discernimiento eclesial requiere la contribución de competencias de diverso tipo para lograr una lectura más profundizada del contexto y una identificación más clara de lo que está en juego. No siempre es fácil que tales aportes encuentren un espacio adecuado dentro de la dinámica de la conversación en el Espíritu, que es ante todo un instrumento de encuentro, de crecimiento en la relación y de paso del yo al nosotros. Finalmente, dado que en la fase de implementación será necesario llegar a deliberaciones concretas con miras a la renovación de prácticas y estructuras, los procesos decisionales deberán ser plenamente eclesiales, reconociendo la función propia de la autoridad, en particular de los Obispos diocesanos o eparquiales, primeros responsables de la comunión en las Iglesias que les han sido confiadas, así como entre las Iglesias.


Concretamente, entre los requisitos para llevar a cabo un buen proceso de discernimiento, resulta fundamental una definición clara de los objetivos, asegurándose de que sean realistas y proporcionados con relación al tiempo disponible, los espacios posibles y el número de participantes involucrados. Además, no se pueden descuidar las disposiciones iniciales: es crucial que cada participante llegue adecuadamente preparado, y que el contexto favorezca un clima de oración y una disposición interior a la escucha y la confrontación. En esta perspectiva, vale la pena recordar cuánto destaca la experiencia la importancia y fecundidad de que los procesos sinodales cuenten con formas adecuadas de facilitación, comprometiendo personas preparadas que cuiden y adapten debidamente el método, evitando bloqueos y permitiendo a los participantes concentrarse más decisivamente en las cuestiones objeto del discernimiento.


4.2. Diseñar y acompañar procesos en estilo sinodal


Estas indicaciones metodológicas pueden declinarse en una variedad de ocasiones y procesos, caracterizados por objetivos diversos, pero unidos por el hecho de realizarse con un estilo sinodal. Para llevarlos a cabo evitando el riesgo de la improvisación y la dispersión, es conveniente prever una dedicación al diseño y al acompañamiento de estos procesos.


Señalamos aquí algunos aspectos, sin pretensión de exhaustividad:


a) Procesos de discernimiento eclesial, tanto para identificar las prioridades de la misión como para definir formas y procedimientos de gobernanza (governance) adecuados para una Iglesia sinodal. Cada una de estas dos líneas tiene exigencias específicas que deberán tenerse en cuenta al diseñar el proceso. El diseño y el acompañamiento de estos procesos requerirán contar con personas expertas, capaces de ayudar a implementar las indicaciones antes mencionadas;


b) Procesos de formación en sinodalidad, siguiendo los impulsos de la Parte V del DF, también en lo que respecta a la variedad de necesidades formativas a las que responder y, en consecuencia, haciendo el esfuerzo de aclarar los objetivos específicos de cada itinerario. A menudo, la metodología formativa más eficaz es la de compartir y reflexionar en un clima de oración sobre las experiencias hechas de una Iglesia sinodal, dejando emerger sus fortalezas y debilidades. Por ello, la reflexión sobre los procesos de discernimiento eclesial, sobre los procesos decisionales con estilo sinodal o sobre el funcionamiento de los organismos de participación puede tener un valor formativo más profundo que un curso organizado según modelos tradicionales. También en este caso será fundamental contar con acompañantes y facilitadores expertos. Por tanto, será necesario cuidar la formación de estas figuras;


c) Procesos y experiencias de escucha y diálogo en las comunidades, en el territorio y a nivel regional. La experiencia ha demostrado que incluso las herramientas digitales pueden ser un recurso importante con este fin. Según la lógica ya mencionada, es importante realizar estas experiencias en un clima de oración y prever un tiempo para la reflexión compartida que permita recoger sus frutos;


d) Momentos de celebración, encuentro e intercambio de experiencias entre comunidades dentro de una diócesis o entre diócesis de una misma región. También en este caso las herramientas digitales pueden ser de ayuda, pero no debemos subestimar el potencial de los eventos vinculados a la piedad popular, como las peregrinaciones a los santuarios, que a menudo reúnen a un gran número de personas. ¿Cómo animarlos para que adquieran un carácter más explícitamente sinodal y favorezcan el encuentro y el diálogo entre las personas?