Parroquias del Realejo Bajo
La vida parroquial de las Parroquias de la Concepción, el Carmen y San Joaquín y Santa Ana
miércoles, 17 de junio de 2026
HOJA PARROQUIAL. DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
HOJA PARROQUIAL
20 y 21 de Junio de 2026
Domingo XII del Tiempo Ordinario. Ciclo A
ENLACE A TODOS LOS PORTALES DE LA PARROQUIA
“No tengan miedo a los que matan el cuerpo”
LECTURAS
Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13
Salmo 68 R/. Señor, que me escuche tu gran bondad.
Segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15
Evangelio según san Mateo 10, 26-33
Los textos son cogidos de la página de
ver
El miedo es una emoción básica, que se experimenta ante la percepción de un peligro, real o imaginario. El miedo está presente en nuestra vida desde el principio, pero su concreción va cambiando a medida que crecemos: en la infancia es el miedo a la oscuridad, a quedarse sin los padres… en la juventud es el miedo a lo que piensen de nosotros, al desamor… y en la edad adulta es cuando más diversificado aparece el miedo: a la enfermedad y al dolor, a perder el empleo, a la violencia, al porvenir… y, sobre todo, el miedo a la muerte. Aunque encontramos muchos ‘consejos’ para superarlo, lo cierto es que el miedo nunca desaparece completamente de nosotros y nos puede hacer sufrir mucho. Y precisamente en la edad adulta es cuando nos resulta más difícil reconocer nuestros miedos, porque ‘tenemos miedo’ de que nos consideren débiles y cobardes.
juzgar
Quizá por eso, el Evangelio que acabamos de escuchar va dirigido a todos y cada uno de nosotros. Jesús ha repetido por tres veces: “No tengáis miedo”. Él, verdadero Hijo de Dios, «se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado» (Plegaria eucarística IV). Jesús sabía lo que es el miedo, como le ocurrió en Getsemaní “empezó a sentir espanto y angustia”. (Mc 14, 33). Y, por eso, Él es el único que puede librarnos de todos los miedos.
Si se trata de miedos provocados por otras personas o por las circunstancias, Jesús nos dice: “No tengáis miedo a los hombres…”. Podemos temer los problemas que nos vengan desde ámbitos familiares, sociales, laborales, políticos… o las consecuencias de las decisiones de quienes ostentan el poder en el mundo, frente a las que nos sentimos solos e indefensos. Pero Jesús nos invita a ‘mirar más allá’, hacia Dios y su presencia en la historia y en nuestra historia personal. A veces no comprenderemos el porqué de muchas situaciones, pero Jesús nos asegura que Él está a nuestro lado, acompañándonos, y que Él tendrá la última palabra.
Otras veces se trata de miedos indefinidos, para los que no hay una causa concreta pero que no podemos dejar de sentir, y que nos van dejando en una situación de abatimiento, desesperanza, y que van ‘matándonos’ por dentro… Frente a ellos, Jesús nos dice: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Jesús nos recuerda que somos cuerpo y alma; y que el cuerpo puede desaparecer por enfermedad, accidente, asesinato… por muchas razones, pero el alma que hemos recibido de Dios es inmortal, y queda fuera del alcance de lo que los demás o las circunstancias puedan hacernos.
Y, unido a esto, si se trata del miedo a la muerte, Jesús nos dice: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones”. Es una llamada a recordar que somos hijos de Dios, que Dios es nuestro Padre, y que para Él somos lo más importante. Y, como escuchamos en la solemnidad de la Santísima Trinidad, “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16), y por eso Jesús quiso morir en la Cruz y resucitar, para “liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos”. (Hb 2, 15) Jesús, que sufrió la muerte, nos acompaña en el momento de nuestra muerte; por eso no debemos tener miedo. Es verdad que nos resulta difícil, casi imposible, pero Jesús nos pide que confiemos en Él.
actuar
¿Tengo identificados mis miedos? ¿Cómo me afectan en mi vida diaria? ¿La Palabra de Dios me ayuda a superarlos? ¿Qué siento al escuchar decir a Jesús: “No tengáis miedo?” ¿Confío en Él?
El miedo es una emoción que forma parte de nuestra naturaleza humana, y no faltan motivos de todo tipo para tener miedo. Jesús no nos dice que los neguemos ni que nos refugiemos en un falso espiritualismo para huir de ellos, sino que seamos realistas y los afrontemos, apoyándonos en Él.
Cuando sintamos que el miedo nos atenaza, pidámosle ayuda, para que nos recuerde que somos hijos de Dios y ‘que hasta los cabellos de la cabeza tenemos contados’, y que, por muchas que sean las razones para sentir miedo, podemos confiar en Él y en su Palabra.
martes, 16 de junio de 2026
miércoles, 10 de junio de 2026
HOJA PARROQUIAL. DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A
HOJA PARROQUIAL
13 y 14 de Junio de 2026
Domingo XI del Tiempo Ordinario. Ciclo A
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“Llamando a sus doce discípulos y los envió”
LECTURAS
Primera lectura del libro del Éxodo 19, 2-6a
Salmo 99, 2. 3. 5 R/. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 6-11
Evangelio según san Mateo 9, 36 – 10, 8
Los textos son cogidos de la página de
ver
Desde hace unos años estamos viviendo un cambio de época, y el ritmo de ese cambio se ha ido acelerando. Vemos que en lo familiar, laboral, social, político, educativo… los conceptos, estructuras y valores que sustentaban esos ámbitos y que creíamos firmes y estables cambian o desaparecen casi de la noche a la mañana. Y, como estamos viendo en la reflexión que se está realizando en la diócesis de Valencia sobre unas futuras orientaciones pastorales, la consecuencia es que «muchas personas se sienten desorientadas. La velocidad de los cambios, la presión de lo inmediato… crean un clima interior que favorece la confusión sobre quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos». (Tema 6 “Vocación, servicio, ministerio)
juzgar
Después de las solemnidades de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, hoy en la liturgia retomamos el ritmo de los domingos del Tiempo Ordinario. Y en este ‘tiempo ordinario’ de nuestra vida, el Evangelio que hemos escuchado nos debe resonar de un modo especial para afrontar las consecuencias de este ‘cambio de época’ en el que estamos metidos de lleno.
“Al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban… como ovejas que no tienen pastor”. El Señor no se queda al margen de este cambio de época, y sabe lo difícil que nos resulta. Y se compadece y actúa, aunque no del modo que nosotros esperaríamos o nos gustaría.
“Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies»”. Ante esta desorientación y confusión que sufrimos, lo primero que debemos hacer es cuidar la oración, de forma confiada y perseverante, para que el Señor envíe personas que sepan descubrir esta llamada y abrir caminos de esperanza.
“Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad… Estos son los nombres de los doce apóstoles…” El Señor actúa con y por medio de sus discípulos que ahora son también apóstoles, es decir, son llamados y enviados por Él, personalmente, a ofrecer la Buena Noticia del Evangelio a todos los que sufren.
Pero no hemos de pensar que esta llamada y envío es ‘para otros’: junto a los nombres de los doce apóstoles, debemos poner los nuestros. Todos somos llamados, tenemos una vocación, porque «la vocación cristiana nace de una iniciativa previa: Dios llama. No llama a unos pocos privilegiados, sino a todos, sin excepción». El Señor hoy también nos llama porque cuenta con nosotros como trabajadores de su mies, y esto «tiene consecuencias reales: la vocación se convierte en un camino posible para cualquier creyente, sea cual sea su situación. No se trata de alcanzar un ideal perfecto, sino de dejar que Dios entre en la vida y la transforme desde dentro».
Y así, «cuando alguien descubre que es llamado y que su vida tiene un sentido querido por el Señor, todo se ilumina de manera distinta. Cambia la forma de afrontar el sufrimiento, las decisiones, las relaciones, los límites, y también los deseos más profundos. La vocación ayuda a caminar con serenidad, esperanza y disponibilidad».
Y esta llamada es para vivirla y compartirla, es un servicio porque «no existe la vocación orientada a uno mismo: toda llamada es, en última instancia, para los demás. Vivir la vocación es escuchar una palabra que da dirección, una palabra que no domina ni oprime, sino que ayuda a integrar la vida. En un mundo que propone identidades cambiantes y fugaces, la vocación invita a descubrir una identidad recibida, estable y confiable».
El Señor nos envía como apóstoles a las “ovejas sin pastor” de este cambio de época, porque «en este contexto frágil, la vocación cristiana no pesa ni complica la vida; ofrece una luz que permite comprender la existencia con mayor hondura. La fe recuerda que la vida no es un recorrido sin dirección, sino una historia que puede leerse desde Dios».
actuar
Y tampoco es una excusa nuestro estado de vida, porque «por el Bautismo, todos los bautizados son corresponsables de la misión de la Iglesia. La llamada universal se concreta en caminos diferentes. No todas las vocaciones son iguales, pero todas participan de la misma fuente. El bautismo es el fundamento de la vida cristiana. De esta común y primera vocación recibida en el Bautismo surgen las demás vocaciones: al orden sacerdotal, a la vida consagrada, al matrimonio, a la vida laical comprometida, ya sea en la atención a los pobres, en el acompañamiento, en la pastoral de la salud, en la atención de mayores …» Todos somos trabajadores de su mies, llamados y enviados para ofrecer un camino de esperanza a tantos que hoy viven “como ovejas que no tienen pastor”





