miércoles, 24 de junio de 2026

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

                                                                        

                                           
            


HOJA PARROQUIAL

Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana







“El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que les recibe a ustedes, me recibe a Mí


LECTURAS

 





Primera lectura del segundo libro de los Reyes 4, 8-11. 14-16a


Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba.

Ella dijo a su marido:
«Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse».

Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó.

Entonces se preguntó Eliseo:
«¿Qué podemos hacer por ella?».

Respondió Guejazí, su criado:
«Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano».

Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada.

Eliseo le dijo:
«El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo».



Salmo 88, 2-3. 16-17. 18-19 R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.


Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh, Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo. R/.

Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey. R/.


Segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-4. 8-11


Hermanos:

Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.

Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.



Evangelio según san Mateo 10, 37-42


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».







Los textos son cogidos de la página de 







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A estas alturas del mes de junio, para muchos las vacaciones están ya cerca. Aunque todavía tengan que seguir trabajando durante unos días, parece que las cosas de cada día se viven de otra manera. El trabajo y los problemas continúan, pero ya vamos haciendo preparativos porque, por dentro, el pensamiento y el ánimo están ‘ya de vacaciones’ y así se lleva mejor todo lo presente.





juzgar



La segunda lectura de este domingo nos ha recordado algo en lo que no solemos pensar habitualmente: que tenemos pendientes unas ‘vacaciones’: la vida eterna tras nuestra muerte. Y, además, no sabemos cuándo empezarán: lo que sí sabemos con seguridad es que ese día llegará. 

La certeza de la muerte la podemos vivir desde el miedo, como veíamos el domingo pasado, o podemos afrontarla preparándonos con antelación, como hacemos con nuestras vacaciones estivales. Y a esto es a lo que nos invita san Pablo en estas palabras que hemos escuchado y que debemos tener muy en cuenta: “Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte. Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre”. El Bautismo es lo que nos permite vivir la certeza de la muerte con esperanza. 

Para san Pablo y para los primeros cristianos, el Bautismo tenía un gran simbolismo. El catecúmeno era sumergido en el agua como expresión de estar unido a Cristo en su muerte para ‘morir’ al hombre viejo, y ‘resucitar’ con Él, renaciendo como hombre nuevo. 

“Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”. En el Bautismo hemos recibido la reserva segura de las ‘vacaciones’ en la vida eterna, tras nuestra muerte y resurrección. Y por eso san Pablo añade: “así también nosotros andemos en una vida nueva”. Quien ha recibido el Bautismo puede sentirse ‘ya de vacaciones’, puede vivir ya desde ahora con la mirada puesta en la Resurrección. 

La esperanza en esas ‘vacaciones’ requiere que vayamos haciendo los preparativos necesarios, y eso ha de reflejarse en nuestro estilo de vida, reorganizando nuestro orden de prioridades, como nos ha pedido Jesús en el Evangelio con unas palabras muy provocativas: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”; Solemos interpretar estas palabras en sentido excluyente: ‘o el amor a Jesús o el amor a la familia’, pero no es así. Jesús lo que nos pide es que Él sea el primero en nuestro amor, que seamos cristocentricos; que, por mucho que amemos a padres, madres, hijos o hijas, nuestro amor por Jesús aún sea mayor, que siempre manifestemos Quién es la fuente de nuestro amor, porque por Él es por quien sabemos y podemos amar de verdad, como Él nos ama, a quienes más amamos en el mundo. 

La preparación para las ‘vacaciones’ de la vida eterna conlleva también exigencias: “el que no carga con la cruz y me sigue, no es digno de mí”. La certeza de la resurrección y del amor a Jesús no eliminan las dificultades cotidianas. Lo que Jesús nos pide es que, precisamente la esperanza que sentimos, afrontemos las cosas buenas, y también las cruces, con un ánimo nuevo. 

También decía san Pablo: “Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”. El pecado es todo aquello que nos aparta de Dios y nos impide estar bien preparados para empezar las ‘vacaciones’ cuando nos llegue el momento, y hemos de rechazarlo; y estar “vivos para Dios” significa potenciar todo lo que nos une a Jesús: la oración, los Sacramentos, el amor como Él nos ha amado. 


actuar




¿Voy a poder disfrutar de unos días de descanso? ¿Estoy haciendo preparativos, me siento ‘ya de vacaciones’? ¿Pienso en las ‘vacaciones’ de la vida eterna? ¿Cómo me estoy preparando? ¿Tengo presente lo que significa haber recibido el Bautismo? ¿Mi amor a Jesús es el primero? 

Por el Bautismo, el Señor nos ha reservado unas vacaciones junto a Él en el Reino de los Cielos. No sabemos cuándo comenzarán, pero desde ahora podemos sentirnos ‘ya de vacaciones’. Vivamos la alegría de la anticipación, preparémonos del mejor modo poniendo el amor a Jesús en el centro de nuestra vida. Que su amor y el recuerdo de su propia muerte y resurrección nos den fuerza para vivir cada día, con sus alegrías y sus cruces, con la esperanza de poder gozar un día plenamente de esas ‘vacaciones’ en la vida eterna junto a Él.


miércoles, 17 de junio de 2026

Entierro de Nino


 

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

                                                                       

                                           
            


HOJA PARROQUIAL

Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana







“No tengan miedo a los que matan el cuerpo


LECTURAS

 




Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13


Dijo Jeremías:
Oía la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.


Salmo 68 R/. Señor, que me escuche tu gran bondad.


Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R/.

Pero mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R/.

Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. R/.


Segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15


Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.


Evangelio según san Mateo 10, 26-33


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».







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El miedo es una emoción básica, que se experimenta ante la percepción de un peligro, real o imaginario. El miedo está presente en nuestra vida desde el principio, pero su concreción va cambiando a medida que crecemos: en la infancia es el miedo a la oscuridad, a quedarse sin los padres… en la juventud es el miedo a lo que piensen de nosotros, al desamor… y en la edad adulta es cuando más diversificado aparece el miedo: a la enfermedad y al dolor, a perder el empleo, a la violencia, al porvenir… y, sobre todo, el miedo a la muerte. Aunque encontramos muchos ‘consejos’ para superarlo, lo cierto es que el miedo nunca desaparece completamente de nosotros y nos puede hacer sufrir mucho. Y precisamente en la edad adulta es cuando nos resulta más difícil reconocer nuestros miedos, porque ‘tenemos miedo’ de que nos consideren débiles y cobardes.





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Quizá por eso, el Evangelio que acabamos de escuchar va dirigido a todos y cada uno de nosotros. Jesús ha repetido por tres veces: “No tengáis miedo”. Él, verdadero Hijo de Dios, «se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado» (Plegaria eucarística IV). Jesús sabía lo que es el miedo, como le ocurrió en Getsemaní “empezó a sentir espanto y angustia”. (Mc 14, 33). Y, por eso, Él es el único que puede librarnos de todos los miedos. 

Si se trata de miedos provocados por otras personas o por las circunstancias, Jesús nos dice: “No tengáis miedo a los hombres…”. Podemos temer los problemas que nos vengan desde ámbitos familiares, sociales, laborales, políticos… o las consecuencias de las decisiones de quienes ostentan el poder en el mundo, frente a las que nos sentimos solos e indefensos. Pero Jesús nos invita a ‘mirar más allá’, hacia Dios y su presencia en la historia y en nuestra historia personal. A veces no comprenderemos el porqué de muchas situaciones, pero Jesús nos asegura que Él está a nuestro lado, acompañándonos, y que Él tendrá la última palabra. 

Otras veces se trata de miedos indefinidos, para los que no hay una causa concreta pero que no podemos dejar de sentir, y que nos van dejando en una situación de abatimiento, desesperanza, y que van ‘matándonos’ por dentro… Frente a ellos, Jesús nos dice: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Jesús nos recuerda que somos cuerpo y alma; y que el cuerpo puede desaparecer por enfermedad, accidente, asesinato… por muchas razones, pero el alma que hemos recibido de Dios es inmortal, y queda fuera del alcance de lo que los demás o las circunstancias puedan hacernos. 

Y, unido a esto, si se trata del miedo a la muerte, Jesús nos dice: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones”. Es una llamada a recordar que somos hijos de Dios, que Dios es nuestro Padre, y que para Él somos lo más importante. Y, como escuchamos en la solemnidad de la Santísima Trinidad, “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16), y por eso Jesús quiso morir en la Cruz y resucitar, para “liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos”. (Hb 2, 15) Jesús, que sufrió la muerte, nos acompaña en el momento de nuestra muerte; por eso no debemos tener miedo. Es verdad que nos resulta difícil, casi imposible, pero Jesús nos pide que confiemos en Él.


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¿Tengo identificados mis miedos? ¿Cómo me afectan en mi vida diaria? ¿La Palabra de Dios me ayuda a superarlos? ¿Qué siento al escuchar decir a Jesús: “No tengáis miedo?” ¿Confío en Él? 

El miedo es una emoción que forma parte de nuestra naturaleza humana, y no faltan motivos de todo tipo para tener miedo. Jesús no nos dice que los neguemos ni que nos refugiemos en un falso espiritualismo para huir de ellos, sino que seamos realistas y los afrontemos, apoyándonos en Él. 

Cuando sintamos que el miedo nos atenaza, pidámosle ayuda, para que nos recuerde que somos hijos de Dios y ‘que hasta los cabellos de la cabeza tenemos contados’, y que, por muchas que sean las razones para sentir miedo, podemos confiar en Él y en su Palabra.