HOJA PARROQUIAL
20 y 21 de Diciembre de 2025
Domingo IV de Adviento. Ciclo A
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“Con José, custodios de la luz que llega”
LECTURAS
Primera lectura del libro de Isaías 7, 10-14
Salmo 23, 1b-2. 3-4ab. 5-6 R/. Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria
Segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 1, 1-7
Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para el Evangelio de Dios, que fue prometido por sus profetas en las Escrituras Santas y se refiere a su Hijo, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor.
Por él hemos recibido la gracia del apostolado, para suscitar la obediencia de la fe entre todos los gentiles, para gloria de su nombre. Entre ellos os encontráis también vosotros, llamados por Jesucristo.
A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados santos, gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Evangelio según san Mateo 1, 18-24
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.
Los textos son cogidos de la página de
ver
El verbo ‘obedecer’ deriva del latín y está compuesto del prefijo «ob» (hacia) y «audire» (oír). Su sentido original es ‘saber escuchar’, y más tarde fue derivando hacia ‘cumplir una orden’ o ‘hacer caso’. Normalmente se entiende como hacer caso a la fuerza, por imposición de una autoridad, pero esto es erróneo. El hecho de acatar una orden no significa que la persona que lo hace actúe por coacción: la decisión puede tomarse libremente, ya sea por respeto a quien nos lo pide, o porque, si se ha sabido escuchar y se ha analizado esa petición, le hemos encontrado sentido.
juzgar
En la 2ª lectura, san Pablo decía que “ha recibido la gracia del apostolado para suscitar la obediencia de la fe”. Demasiadas veces la vida de fe se ha entendido y se sigue entendiendo por muchas personas como una imposición de la autoridad eclesiástica, un conjunto de normas y preceptos que no se sabe muy bien por qué pero ‘hay que obedecerlas’ (todavía hay personas que siguen preguntando si en determinada fiesta ‘es obligación oír Misa’). Desde esta concepción de la vida de fe, no es de extrañar que en la mayoría de personas surja la ‘desobediencia’.
Sin embargo, la obediencia de la fe es algo mucho más profundo, y este cuarto Domingo de Adviento nos invita a vivir esa obediencia desde su sentido original como ‘saber escuchar’, una obediencia que en todo momento respeta la libertad de la persona, y la Palabra de Dios que hemos escuchado nos ha ofrecido varios ejemplos de obediencia y desobediencia.
En la 1ª lectura hemos escuchado que “el Señor habló a Ajaz y le dijo: «Pide un signo…»” Ajaz está en una situación política muy complicada y Dios le invita a confiar en Él. Pero Ajaz no quiere escuchar, prefiere quedarse en sus seguridades políticas y por eso responde negativamente, aunque disfrazando su respuesta de una falsa piedad: “No lo pido, no quiero tentar al Señor”. Ajaz decide libremente no obedecer la petición de Dios y seguir su propio criterio, pero no le servirá de nada, porque “el Señor, por su cuenta, os dará un signo…” El Plan de Dios acabará cumpliéndose.
Y en el Evangelio hemos escuchado dos ejemplos de obediencia de la fe, no por obligación sino por saber escuchar. En primer lugar, María… esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. En el Evangelio según san Lucas (2, 26ss) se nos narra el momento de la Anunciación, y encontramos cómo María ‘obedece’, sabe escuchar el anuncio y lo reflexiona (“se preguntaba qué saludo era aquél… ¿Cómo será eso…?”) y después da libremente su respuesta: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. María podría haber dicho ‘no’, pero a diferencia de Ajaz, Ella acoge el Plan de Dios aunque no lo acabe de entender, y por eso su aceptación es una muestra de obediencia de la fe.
Y también hemos contemplado a José. Él “era justo”, procuraba que toda su vida se ajustase a Dios y a la Ley, y por eso la situación de María le provoca un conflicto y “decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel” que le comunica que todo esto forma parte del Plan de Dios. Y José ‘obedece’, sabe escuchar el mensaje de Dios y “cuando se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. Igual que María, José acoge el Plan de Dios aunque no lo acabe de entender, y por eso su aceptación es otra muestra de obediencia de la fe.
actuar
El Señor nos invita a celebrar la Navidad como lo que es: la actualización del nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre. Y ante esta invitación debemos responder libremente, no por obligación.
Mirando a Ajaz, podemos preguntarnos si de verdad estamos dispuestos a acoger los ‘signos’ de la presencia de Dios, y a seguirlos, o preferimos ‘desobedecer’ como él y seguir con nuestros planes antes que abrirnos al Misterio del Dios hecho hombre y todo lo que esto significa para nuestra vida.
Mirando a María y a José podemos preguntarnos si sabemos escuchar a Dios en su Palabra, en la oración, en la Eucaristía... sobre todo ante los imprevistos, contratiempos y dificultades que la vida nos presenta, y si estamos dispuestos a ‘obedecer’ por la fe, libremente, aunque no entendamos cómo se va a desarrollar el Plan de Dios y aunque eso suponga cambiar nuestros propios planes.
Lo que es y significa la verdadera Navidad ocurrirá, lo acojamos o no. Ojalá vivamos la obediencia de la fe y sepamos escuchar el gran anuncio: “Hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.
DOCUMENTO FINAL
POR UNA IGLESIA SINODAL:
COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN
Parte V – “También yo los envío”
Formar un pueblo de discípulos misioneros
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,21-22)
140. En la tarde de Pascua, Cristo entrega a los discípulos el don mesiánico de su paz y los hace partícipes de su misión. Su paz es plenitud de ser, armonía con Dios, con los hermanos y las hermanas, y con la creación; la misión es anunciar el Reino de Dios, ofreciendo a toda persona, sin excluir a nadie, la misericordia y el amor del Padre. El gesto delicado que acompaña las palabras del Resucitado recuerda lo que Dios hizo al principio. Ahora, en el Cenáculo, con el soplo del Espíritu comienza la nueva creación: nace un pueblo de discípulos misioneros.
141. Para que el Pueblo santo de Dios pueda testimoniar a todos la alegría del Evangelio, creciendo en la práctica de la sinodalidad, necesita una formación adecuada: ante todo en la libertad de hijos e hijas de Dios en el seguimiento de Jesucristo, contemplado en la oración y reconocido en los pobres. La sinodalidad, en efecto, implica una profunda conciencia vocacional y misionera, fuente de un estilo renovado en las relaciones eclesiales, de nueva dinámicas participativas y de discernimiento eclesial, así como de una cultura de la evaluación, que no puede establecerse sin el acompañamiento de procesos formativos específicos. La formación en el estilo sinodal de la Iglesia promoverá la conciencia de que los dones recibidos en el Bautismo son talentos que hay que hacer fructificar para el bien de todos: no pueden ocultarse ni permanecer inoperantes.
142. La formación del discípulo misionero comienza con la iniciación cristiana y hunde sus raíces en ella. En la historia de cada uno está el encuentro con muchas personas y grupos o pequeñas comunidades que han contribuido a introducirnos en la relación con el Señor y en la comunión de la Iglesia: padres y familiares, padrinos y madrinas, catequistas y educadores, animadores de la liturgia y trabajadores en el campo de la caridad, diáconos, presbíteros y el mismo Obispo. A veces, una vez terminado el camino de la Iniciación, el vínculo con la comunidad se debilita y se descuida la formación. Sin embargo, ser discípulos misioneros del Señor no es una meta que se alcanza de una vez para siempre. Implica conversión continua, crecimiento en el amor “hasta alcanzar la medida de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13) y apertura a los dones del Espíritu para un testimonio vivo y gozoso de la fe. Por eso es importante redescubrir como la celebración dominical de la Eucaristía forma a los cristianos: “la plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo [...]: no se trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él” (DD 41). Para muchos fieles, la Eucaristía dominical es el único contacto con la Iglesia: cuidar su celebración de la mejor manera, con particular atención a la homilía y a la “participación activa” (SC 14) de todos, es decisivo para la sinodalidad. En la Misa, de hecho, acontece como una gracia concedida desde lo alto, antes de ser el resultado de nuestros propios esfuerzos: bajo la presidencia de uno y gracias al ministerio de algunos, todos pueden participar en la doble mesa de la Palabra y del Pan. El don de la comunión, de la misión y de la participación —las tres piedras angulares de la sinodalidad— se realiza y se renueva en cada Eucaristía.









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