HOJA PARROQUIAL
17 y 18 de Enero de 2026
Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo A
ENLACE A TODOS LOS PORTALES DE LA PARROQUIA
“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”
LECTURAS
Primera lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6
Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Segunda lectura: Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3
Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Evangelio según san Juan 1, 29-34
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».
Los textos son cogidos de la página de
ver
Quienes tenemos ya cierta edad recordaremos una campaña institucional que se hizo allá por 1968, cuyo lema era ‘Contamos contigo’, con el fin de animar a la sociedad española a practicar deporte y a concienciar sobre el beneficio que suponía. Aunque la respuesta no fue masiva, el lema se difundió entre la población y desde organismos oficiales y otras entidades se pusieron en marcha iniciativas para fomentar el deporte entre los ciudadanos.
juzgar
actuar
Como al empezar a hacer deporte, quizá pensemos que para ser testigos del Señor necesitamos mucha preparación, o un ‘equipamiento’ especial, unas cualidades y habilidades… Pero miremos a Juan el Bautista: “Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua… Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios…” Juan reconoce que no tiene claro quién es Jesús, no lo conoce bien, tiene una idea… pero se pone en marcha y va observando los signos del Espíritu Santo, que le llevan a descubrir la presencia del Hijo de Dios y así señalarlo a los demás.
Hoy Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo nos dice: ‘Contamos contigo’. Respondamos como en el Salmo: “Aquí estoy”, y aprovechemos los medios que se nos ofrecen desde la parroquia: las celebraciones y oraciones, los Equipos de Vida, las actividades de las diferentes áreas pastorales… para ser apóstoles, testigos que muestran a los demás la presencia del Hijo de Dios entre nosotros.
DOCUMENTO FINAL
POR UNA IGLESIA SINODAL:
COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN
Conclusión
Un banquete para todos los pueblos
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado (Jn 21,9.12.13)
152. El relato de la pesca milagrosa termina con un banquete. El Resucitado ha pedido a los discípulos que obedezcan su palabra, que echen las redes y las saquen a tierra; es Él, sin embargo, quien prepara la mesa y les invita a comer. Hay panes y peces para todos, como cuando los había multiplicado para la multitud hambrienta. Por encima de todo, está el estupor y el encanto de su presencia, tan clara y resplandeciente que no se hacen preguntas. Al comer con los suyos, después de que le habían abandonado y negado, el Resucitado abre de nuevo el espacio de la comunión e imprime para siempre en los discípulos la huella de una misericordia que se abre de par en par al futuro. Por eso, los testigos de la Pascua se calificarán así: “nosotros que hemos comido y hemos bebido con él después de su resurrección de entre los muertos” (Hch 10,41).
153. En el banquete del Resucitado con los discípulos encuentra cumplimiento la imagen del profeta Isaías que inspiró los trabajos de la Asamblea sinodal: una mesa sobreabundante y deliciosa preparada por el Señor en la cima del monte, símbolo de convivialidad y comunión, destinada a todos los pueblos (Is 25,6-8). La mesa que el Señor prepara para los suyos después de la Pascua es un signo de que el banquete escatológico ya ha comenzado. Aunque sólo en el cielo tendrá su plenitud, la mesa de la gracia y de la misericordia ya está puesta para todos y la Iglesia tiene la misión de llevar este espléndido anuncio a un mundo cambiante. Mientras se alimenta en la Eucaristía del Cuerpo y de la Sangre del Señor, sabe que no puede olvidar a los pobres, a los últimos, a los excluidos, a los que no conocen el amor y están sin esperanza, ni a los que no creen en Dios o no se reconocen en ninguna religión instituida. Los lleva al Señor en la oración y luego sale a su encuentro, con la creatividad y audacia que le inspira el Espíritu. Así, la sinodalidad de la Iglesia se convierte en profecía social, inspirando nuevos caminos también para la política y la economía, colaborando con todos los que creen en la fraternidad y la paz en un intercambio de dones con el mundo.
154. Viviendo el proceso sinodal hemos tomado nueva conciencia de que la salvación que hay que recibir y proclamar pasa a través de las relaciones. Se vive y se testimonia juntos. La historia se nos presenta trágicamente marcada por la guerra, la rivalidad por el poder, por miles injusticias y represiones. Sabemos, sin embargo, que el Espíritu ha puesto en el corazón de cada ser humano un deseo profundo y silencioso de relaciones auténticas y de vínculos verdaderos. La creación misma habla de unidad y de compartir, de variedad y de entrelazamiento entre las distintas formas de vida. Todo nace de la armonía y tiende a la armonía, incluso cuando sufre la herida devastadora del mal. El sentido último de la sinodalidad es el testimonio que la Iglesia está llamada a dar de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la armonía del amor que se derrama de sí misma para darse al mundo. Caminando en estilo sinodal, en el entrelazamiento de nuestras vocaciones, carismas y ministerios, y saliendo al encuentro de todos para llevar la alegría del Evangelio, podremos vivir la comunión que salva: con Dios, con toda la humanidad y con toda la creación. De este modo, gracias al compartir, comenzaremos ya a experimentar el banquete de vida que Dios ofrece a todos los pueblos.
155. A la Virgen María, que lleva el espléndido título de Odigitria, Aquella que indica y guía el camino, confiamos los resultados de este Sínodo. Que Ella, Madre de la Iglesia, que en el Cenáculo ayudó a la comunidad naciente a abrirse a la novedad de Pentecostés, nos enseñe a ser un Pueblo de discípulos misioneros que caminan juntos: una Iglesia sinodal.







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