jueves, 21 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS. CICLO A

                                                                   

                                           
            


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23 y 24 de Mayo de 2026

Domingo de Pentecostés. Ciclo A















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“Pueblo de Dios que sale al encuentro


LECTURAS

 






Primera lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11


Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».



Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 R/. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra


Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R/.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas, 
y repueblas la faz de la tierra. R/.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R/.


Segunda lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13


Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.


Evangelio según san Juan 20, 19-23


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».




Los textos son cogidos de la página de 







ver




Normalmente estamos ocupados en atender las cosas de cada día, con su carga de trabajo, quebraderos de cabeza… Y, sin darnos cuenta, va pasando el tiempo: días, semanas, meses, años… pero llega un momento en que nos preguntamos: ‘Y todo eso, ¿para qué?’ Es una pregunta que muchas veces no nos hacemos, pero que es muy importante: es la pregunta por la finalidad, el objetivo de lo que hacemos cada día y que tanto nos absorbe. Y, si no encontramos una respuesta válida, todo eso acaba convirtiéndose en una rutina sin sentido que no nos lleva a ninguna parte.




juzgar


Hoy estamos celebrando la Solemnidad de Pentecostés, con la que termina el tiempo de Pascua. Durante muchas semanas hemos celebrado la Cuaresma, la Semana Santa y la Cincuentena Pascual; y hoy se nos invita a preguntamos: ‘Y todo eso, ¿para qué?’. Y hemos de encontrar una respuesta válida, de lo contrario, todo este tiempo habrá sido sólo ‘una rutina’, algo que hacemos todos los años, pero que no nos ha llevado a ninguna parte, que no nos ha aportado nada. 

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ilumina para encontrar la respuesta sobre el sentido y la finalidad del tiempo Pascual. Hoy podemos echar una mirada atrás para tomar conciencia del camino recorrido y de los diferentes aspectos de la vida cristiana que han aparecido a la luz de la Palabra y de la reflexión que estamos realizando en Valencia sobre las futuras orientaciones pastorales diocesanas. 

En el Evangelio, lo primero que Jesús ha dicho a los discípulos es: “Paz a vosotros”. Uno de los fines del tiempo Pascual es alcanzar la paz interior que nos da el encuentro con el Señor Resucitado: ¿He encontrado esa paz, aunque esté inmerso en las dificultades y problemas cotidianos? 

Y a continuación Jesús ha dicho: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. La paz que el Señor nos da no es para ‘estar bien’ nosotros, y quedarnos en una especie de burbuja, sino para que podamos llevar adelante la misión evangelizadora a la que Él nos envía. Como indica el lema de esta Jornada de Pentecostés, somos “PUEBLO DE DIOS QUE SALE AL ENCUENTRO”. Somos «una comunidad de discípulos misioneros, una comunidad donde cada bautizado es consciente y asume activamente su corresponsabilidad en la misión de la Iglesia. Esta conciencia nace de la certeza de que el mandato misionero no es una tarea reservada a ‘especialistas’, sino que pertenece a la naturaleza misma de la vida cristiana». (Tema 5) ¿Me siento enviado por el Señor, como discípulo misionero suyo, o no quiero implicarme en la misión? ¿Voy al encuentro de otros? 

“Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo…” «La misión de la Iglesia no es obra suya, sino del Espíritu Santo. Sin el impulso y la fuerza del Espíritu Santo, es imposible consagrarse totalmente a la obra del Evangelio. Es como el ‘Maestro interior’ que forma a los discípulos, les recuerda las palabras de Cristo y los impulsa a anunciar la Buena Nueva a los pobres, sanar a los enfermos y liberar a los cautivos». (Tema 8) ¿Tengo presente al Espíritu Santo en mi oración? Si no he recibido la Confirmación, ¿me propongo recibirla, para madurar como cristiano? 

Decía la 1ª lectura: “Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar”. Y en la 2ª: “Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo”. No somos cristianos ‘por libre’, el Señor quiso que fuéramos ‘Iglesia’, comunidad, y la misión la desarrollamos unidos: «La sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia en este tercer milenio. No es una moda ni un método organizativo. Significa caminar juntos como Pueblo de Dios, escuchando la voz del Espíritu, discerniendo en comunidad y participando todos en la misión evangelizadora». (Tema 4) ¿Me siento unido al resto de miembros de la Iglesia, estoy abierto al diálogo, o me encierro en mi parroquia, grupo, movimiento…? ¿Participo en iniciativas de la Diócesis? 

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu”. «La llamada universal se concreta en caminos diferentes. No todas las vocaciones son iguales, pero todas participan de la misma fuente. El bautismo es el fundamento de la vida cristiana. De esta común y primera vocación recibida en el Bautismo surgen las demás vocaciones» (Tema 8). ¿Soy consciente de mi vocación bautismal? ¿He descubierto mi vocación concreta como miembro de la Iglesia?


actuar




El Señor nos ha concedido celebrar la Pascua. Pero Pentecostés no es un punto final sino que, por la fuerza del Espíritu Santo, es el punto de partida para que seamos “PUEBLO DE DIOS QUE SALE AL ENCUENTRO”. Como discípulos misioneros, cada uno según su vocación pero en sinodalidad, sintámonos enviados por el Señor a anunciar el Evangelio de modo que quienes reciban nuestro testimonio también puedan decir: “cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”.  

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