miércoles, 17 de junio de 2026

HOJA PARROQUIAL. DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

                                                                       

                                           
            


HOJA PARROQUIAL

Parroquias de Ntra. Sra. de la Concepción,
de Ntra. Sra. del Carmen
y de San Joaquín y Santa Ana







“No tengan miedo a los que matan el cuerpo


LECTURAS

 




Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13


Dijo Jeremías:
Oía la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.


Salmo 68 R/. Señor, que me escuche tu gran bondad.


Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R/.

Pero mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R/.

Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. R/.


Segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15


Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.


Evangelio según san Mateo 10, 26-33


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».







Los textos son cogidos de la página de 







ver




El miedo es una emoción básica, que se experimenta ante la percepción de un peligro, real o imaginario. El miedo está presente en nuestra vida desde el principio, pero su concreción va cambiando a medida que crecemos: en la infancia es el miedo a la oscuridad, a quedarse sin los padres… en la juventud es el miedo a lo que piensen de nosotros, al desamor… y en la edad adulta es cuando más diversificado aparece el miedo: a la enfermedad y al dolor, a perder el empleo, a la violencia, al porvenir… y, sobre todo, el miedo a la muerte. Aunque encontramos muchos ‘consejos’ para superarlo, lo cierto es que el miedo nunca desaparece completamente de nosotros y nos puede hacer sufrir mucho. Y precisamente en la edad adulta es cuando nos resulta más difícil reconocer nuestros miedos, porque ‘tenemos miedo’ de que nos consideren débiles y cobardes.





juzgar



Quizá por eso, el Evangelio que acabamos de escuchar va dirigido a todos y cada uno de nosotros. Jesús ha repetido por tres veces: “No tengáis miedo”. Él, verdadero Hijo de Dios, «se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado» (Plegaria eucarística IV). Jesús sabía lo que es el miedo, como le ocurrió en Getsemaní “empezó a sentir espanto y angustia”. (Mc 14, 33). Y, por eso, Él es el único que puede librarnos de todos los miedos. 

Si se trata de miedos provocados por otras personas o por las circunstancias, Jesús nos dice: “No tengáis miedo a los hombres…”. Podemos temer los problemas que nos vengan desde ámbitos familiares, sociales, laborales, políticos… o las consecuencias de las decisiones de quienes ostentan el poder en el mundo, frente a las que nos sentimos solos e indefensos. Pero Jesús nos invita a ‘mirar más allá’, hacia Dios y su presencia en la historia y en nuestra historia personal. A veces no comprenderemos el porqué de muchas situaciones, pero Jesús nos asegura que Él está a nuestro lado, acompañándonos, y que Él tendrá la última palabra. 

Otras veces se trata de miedos indefinidos, para los que no hay una causa concreta pero que no podemos dejar de sentir, y que nos van dejando en una situación de abatimiento, desesperanza, y que van ‘matándonos’ por dentro… Frente a ellos, Jesús nos dice: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Jesús nos recuerda que somos cuerpo y alma; y que el cuerpo puede desaparecer por enfermedad, accidente, asesinato… por muchas razones, pero el alma que hemos recibido de Dios es inmortal, y queda fuera del alcance de lo que los demás o las circunstancias puedan hacernos. 

Y, unido a esto, si se trata del miedo a la muerte, Jesús nos dice: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones”. Es una llamada a recordar que somos hijos de Dios, que Dios es nuestro Padre, y que para Él somos lo más importante. Y, como escuchamos en la solemnidad de la Santísima Trinidad, “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16), y por eso Jesús quiso morir en la Cruz y resucitar, para “liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos”. (Hb 2, 15) Jesús, que sufrió la muerte, nos acompaña en el momento de nuestra muerte; por eso no debemos tener miedo. Es verdad que nos resulta difícil, casi imposible, pero Jesús nos pide que confiemos en Él.


actuar




¿Tengo identificados mis miedos? ¿Cómo me afectan en mi vida diaria? ¿La Palabra de Dios me ayuda a superarlos? ¿Qué siento al escuchar decir a Jesús: “No tengáis miedo?” ¿Confío en Él? 

El miedo es una emoción que forma parte de nuestra naturaleza humana, y no faltan motivos de todo tipo para tener miedo. Jesús no nos dice que los neguemos ni que nos refugiemos en un falso espiritualismo para huir de ellos, sino que seamos realistas y los afrontemos, apoyándonos en Él. 

Cuando sintamos que el miedo nos atenaza, pidámosle ayuda, para que nos recuerde que somos hijos de Dios y ‘que hasta los cabellos de la cabeza tenemos contados’, y que, por muchas que sean las razones para sentir miedo, podemos confiar en Él y en su Palabra.


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